Valentin's profileUN LUGAR LLAMADO UTOPÍAPhotosBlogListsMore Tools Help

Blog


    November 21

    AMANECER EN SUBURBIA

                                                                                                                            

                                                                                         PARA CARMEN

     

     

    I´m the son of rage and love

    The Jesus of Suburbia

    From the bible of  none of  the above

    On a steady diet of soda pop and Ritalin..

    Green Day,  Jesus of Suburbia

     

    Perla duerme a mi lado. Ignoro por qué razón le gusta dormir siempre en el lado izquierdo de la cama. No recuerdo mucho de ayer, ni siquiera que ella hubiera pasado la noche aquí, por eso me sorprende verla, aunque no sea la primera vez. Sin embargo, algo me hace sospechar que hoy no es como todos los días, tal vez algo en su rostro, la forma de descansar la cabeza sobre su brazo, o esa intrusión en el aroma de su cuerpo. No lo sé.

    En Suburbia los sentimientos se mueren antes de ver salir al sol, seguramente por eso no puedo decirle que la amo, aunque quisiera hacerlo, que al menos supiera eso antes de morir ella o yo, o por qué no, los dos de una vez. Seríamos algo así como una versión remasterizada: Romeo y Julieta S-XXI. No sé si a ella le gustaría mi historia, al menos sí sé que le encantaría escucharla, que por primera vez, desde que nos conocimos, en lugar de preguntarle: ¿Todavía hay cigarros? le dijera: Te quiero. Estoy seguro que le gustaría. Por desgracia en Suburbia no hacemos eso. No queda tiempo.

    Luego de las noches que se queda a dormir aquí, mi amanecer es distinto: con más luz. A mí me gusta observarla mientras duerme porque, sólo entonces, es cuando puedo decirle todas esas cosas que en Suburbia no se dicen. Mostrar los sentimientos aquí es, ponerse uno mismo la soga al cuello.

    No sé si en este lugar el sol sea distinto y por eso la piel se vuelve más dura, lo mismo el corazón y la mirada, y todo lo demás. Aunque la mirada no, ésa más bien es triste o, al menos, eso es lo que me ha dicho Perla tantas veces.

    Ella dice esas cosas porque no es de aquí, así que ignora que en Suburbia la tristeza no existe, ni los “te quiero” ni los sentimientos.

    <<Hay que ser duro o morir en el intento>> me dijo Saúl, mi mejor amigo, días antes de meterse un balazo en la cabeza, eso sucedió hace más de diez años. Entonces hubo junto con él muchos otros que tampoco lo lograron y terminaron lanzándose de puentes, abriéndose las venas, volcándose en algún auto, en fin, buscando una salida de esta tierra de Suburbia gobernada por la nada.

    Por eso digo que Perla no sabe lo que dice cuando me pregunta si la quiero ¡Que va a saberlo! Si lo supiera sabría que el sólo hecho de confesarlo podría costarme la vida.

    Ella sólo viene aquí escapando de la mirada protectora de su madre, anhela ser libre y no depender de nadie, dice. Pero yo pienso que si en verdad eso quiere, no vendría a pedirme que le diga que la quiero ¿para qué, si ella pretende ser libre? Y querer a alguien significa atarlo, aunque sea un poco. Eso tampoco se lo menciono porque sé qué sucedería: Se pondría furiosa y gritaría <<pues si tanto te cuesta decirme que me quieres, entonces voy a buscar quién sí pueda hacerlo>> Así que, entonces, yo podría responder que si en verdad eso desea, por qué no simplemente va a casa y escucha a su madre cuando le suelte el parlamento de madre abnegada, como cada vez que no llega a dormir a casa y, al volver, entre lágrimas, le pide que tenga un poco de consideración por ella, que si se preocupa es porque la quiere tanto o más que a su propia vida. Después ella, seguramente más furiosa aún, me gritaría: <<Muérete>> ¡Claro! como no sabe que precisamente  eso es lo que hago cada día. Por eso es que yo no digo nada y prefiero quedarme callado escuchando lo que dicen los demás, los que sí pueden decir “te quiero” con tanta facilidad como mascar un chicle. Seguramente es porque ellos no saben, al igual que Perla, que en Suburbia los sentimientos no existen, porque cuándo le brotan a alguien casi siempre le cuestan la vida. Decir aquí “te quiero”, es igual que quitarle el seguro al revolver, o descomponer los frenos del auto antes de salir a dar una vuelta, o mantener muy bien afilada la navaja de afeitar.

    En ocasiones dice cosas así como <<yo no sé por qué te quiero tanto si no te lo mereces, jamás me dices que me quieres, ni tampoco entiendo lo que dices ni apruebo lo que haces, o quizá, me da miedo>>. Después me hace que le prometa cosas y más cosas. Son tantas las promesas que, al final del día, ya no recuerdo ni la mitad; hasta que, de pronto, en medio de la situación más absurda, como puede ser el estar desayunando, ella se levanta casi a punto de soltar el llanto, y dice <<no puede ser, no puede ser. Tú lo prometiste>>. Entonces yo no sé muy bien qué hacer, es decir, entre tantas promesas, incluso intento recordar si alguna vez le prometí no volver a comer o algo parecido. Pero no, ella me dice que la promesa que le hice fue <<dar las gracias por los alimentos recibidos>> Así que, entonces, yo le contesto que nunca he recibido nada de nadie, que aquella comida la tuve que comprar con mi dinero, e incluso cocinarla también, así que no veo por qué motivo tendría que agradecerle a alguien más por lo que sólo a mí me ha costado obtener.

    Aunque al concluir el día todas esas cosas no importan, ya que, una vez dormida, entre sus sueños le plantaré miles de “te quieros”, para que cuando despierte estos le germinen y florezcan dentro de sus ojos, y cuando me miré, no pueda decir otra cosa que un “te quiero”, aunque ella misma no sepa por qué, por qué dice quererme tanto si yo no lo merezco. Entonces yo me río y le digo que está bien loca. Luego, ella intentará sacudirse los pétalos de los ojos sin saber que las semillas que sembré entre sus sueños mientras dormía, son más de mil. Ella no lo sabe pero en su mirada puedo ver todo aquello que en Suburbia está prohibido. Mientras ella se restriega los ojos como queriendo apagar un par de estrellas, yo le comento, en medio de una sonrisa, que su mirada en Suburbia es una fugitiva clandestina. Entonces se detiene y me mira, y dice <<el que está loco eres tú, por qué no dejas de lado la poesía y simplemente me dices que me quieres>>. Yo respondo que no, que eso nunca lo diría si es que quiero seguir con vida, no vivo, con vida nada más. Por último, ella me observa con ese su par de “te quieros” y me dice << ¿sabes?, eres el idiota más grande que conozco, sin embargo, no puedo decir otra cosa al verte que, te quiero>>.

    Desnudos y abrazados nos miramos, ella parece querer ir más allá, como no lo consigue me pregunta << ¿qué haces para que te quiera tanto?>> Y yo, haciendo uso de la sabiduría popular, me río y le digo: cada quien cosecha lo que siembra. Entonces, imagino que ella intuye algo cuando con la punta de su nariz acaricia la mía y, en un susurro, dice << pinche loco>>

    Y, eso, me hace recordar el día que nos conocimos.

    …Un paréntesis (en) Suburbia… 

     

    (Perla tiene veinticuatro años, es una joven poeta, un paréntesis en la ciudad que vive en casa de su madre. Un día se aventuró tres pasos más allá de la acera de su hogar y se extravió, cuando yo la encontré lloraba de de manera desconsolada, repitiendo incesante <<he perdido el camino a casa…he perdido el camino a casa… he perdido el camino a casa…”>> Me acerqué y le dije que yo no sabía a qué se refería cuando decía eso. Pero, si ella así lo deseaba, yo podría cuidar de ella y de su ciudad, construiría una fortaleza a su alrededor, para que nada ni nadie pudiera hacerle daño.

    También le comenté que conocía los cuadros de Remedios Varo y que asistí a la última exposición de su obra armado con todo tipo de herramientas necesarias para analizar la construcción, ordenamiento y función de las murallas en torno a una ciudad, así que sabía muy bien cómo construir todo tipo de ciudades amuralladas, le platiqué sobre la forma de laberinto que debían tener, y que eso nos serviría para mantenernos a resguardo por un buen tiempo. El necesario para mostrarle esa ciudad oculta tras las murallas rojas del pecho. Perla, sonriendo, me dijo con la voz más dulce que hasta entonces había escuchado <<Estás bien pinche loco>> Intrigado, le pregunté si nos conocíamos de algún lado.

    ─Que yo sepa no ─dijo ella─ ¿por qué?

    ─Porque me parece que me conoces muy bien ─le contesté.

    Desde entonces ya no preguntó por el camino a casa que había perdido cuando la encontré, simplemente me tomó del brazo y me pidió que nunca mas la dejara sola, que la llevara a vivir conmigo, que le enseñara qué significa estar vivo. Así fue como llegó por vez primera un paréntesis a Suburbia, era ya noche así que todos dormían.

    Al amanecer, ya había comenzado a poner los cimientos de una nueva fortaleza. No entendí su cuestionamiento cuando me preguntó << ¿Nos volveremos a ver?>> Le respondí que como no quisiera tener por protección una muralla china en la primera jornada de su construcción, era inevitable y mi deber. Dibujó sus labios encima de los míos y salió. Yo la acompañe hasta los límites de Suburbia, quien pronto la adoptó sin mayores cuestionamientos.

    Ella se puso feliz y quería conocerlo todo de inmediato, su historia, la longitud de su suelo, su flora y su fauna. Todo. Preguntó a quién pertenecía cada cosa, cuándo le dije que cada cosa era de todos, casi no podía creerlo. <<Es decir que comparten todo>> exclamó. No, le aclaré yo, lo que quiero decir es que todos quieren poseerlo todo, a tal punto que se matan el uno al otro por arrebatar lo que los demás tienen. <<Ah>> exclamó confundida y un poco avergonzada de su entusiasmo inicial << ¿Y tú, qué posees?>> me preguntó enseguida. A mí, yo sólo me poseo a mí mismo. No tengo nada más, ni quiero tenerlo. A decir verdad hace un tiempo tuve un sueño, pero se lo regalé a una mujer que padecía insomnio, desde entonces no he vuelto a soñar el mismo sueño. Todos los días al despertar me felicito por haberlo obsequiado, era demasiado extenso y me llevaba la noche entera repasarlo, ahora puedo soñar más de tres sueños alquilados, en una misma noche.

    ─Yo no he soñado desde que tenía cinco años─ dijo Perla─ Entonces solía soñar una jauría de lobos, sólo que a mis padres les molestaban tanto sus aullidos, que una noche me los espantaron cuándo estaban distraídos y jamás volvieron.

    Yo le dije que no se preocupara que, por lo regular, los sueños de lobos siempre vuelven. Entonces, ella, mirándome fijamente a los ojos, me dijo que yo era el lobo más solo y triste que había conocido.

    Por unos minutos ambos reímos como idiotas.

           

    Suburbia city

     

    Esta es una ciudad parecida a cualquier otra. Bueno, no exactamente así, es decir, más bien se asemeja al cinturón de cualquier otra ciudad, Suburbia es la muralla que se encarga de enfrentar y detener al enemigo, es quién recibe los golpes dirigidos contra la ciudad que envuelve. A veces se envalentona y corre con un palo o lo que sea, directamente contra las balas y cuchillas; es quién siempre debe dar la cara ante las amenazas de cualquier tipo.

    Hay los que aseguran que Suburbia es la parte de la ciudad que no vale lo mismo porque está conformada por un montón de piedras, cuyo único valor reside en lo fuerte con que pueda ser capaz de golpear contra el fantasma de la muerte. Si un día desapareciera está parte de la ciudad, seguramente nadie lo notaría, ni siquiera la amargura que puebla este lugar, ni siquiera ella; hasta el día que, harta ya, decida poner punto final a su eterna pesadilla, la cual parece no tener un fin.

    Al observar esta mañana a Perla durmiendo en el lado derecho de mi cama, algo me dice que la pesadilla infinita de esta ciudad la ha venido a visitar finalmente esta noche. Aquí todo el mundo sabe lo que representa “mirar la pesadilla a los ojos” ese momento jamás se olvida, es un separador de la vida, un antes y un después. Quien ingrese en medio del sueño difícilmente volverá a ver la luz, porque la noche se alarga de una forma extraña haciendo más terrible tanta oscuridad, como si un velo de seda negro se tendiera frente a los ojos, empañando un mundo frente a nosotros.

    Perla abrirá sus ojos y me mirará con una mirada nueva. No dirá nada. No veré yo nada en ellos. Comentará simplemente que la noche ha sido muy larga, que se siente profundamente cansada, que se marcha a casa. Entonces, yo sabré bien lo que pasa, aunque ella no lo diga.

    Sé que a partir de esta mañana todo será distinto porque anoche olvidé sembrar entre sus sueños y, además, se encuentra recostada a la derecha. Temo que al despertar sus ojos vean la tristeza que desde siempre envuelve a Suburbia, esa soledad que acompaña a todos los que mueren en este lugar, y que besan o matan sin comprender muy bien qué diferencia media entre las dos acciones. Miro su rostro, lo miro sin poder reconocerlo, algo en el me dice adiós sin siquiera abrir los ojos, o es que uno se acostumbra demasiado a los rostros de la noche anterior, al menos yo. Esta mañana es como si su rostro se hubiese marchado antes que el resto de su cuerpo. Todo ha cambiado, los detalles son nuevos, sólo la pesadilla continúa revelándole a Perla, entre sueños, que la vida es un morir muy lento, especialmente en Suburbia a las cinco de la mañana.