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    May 31

    EL ATRAPAMUNDOS

    EL ATRAPAMUNDOS

     

    Mi padre fue un escritor de cuentos. Siendo yo apenas un niño, un día le pregunté: ¿Porqué se extinguieron los dinosaurios, papá? Él se me quedó mirando durante unos segundos, y me respondió: Los dinosaurios no se han extinguido, ¿quién te ha dicho semejante barbaridad? Su respuesta me sorprendió muchísimo; así que, volví a cuestionarlo: ¿Y si no han desaparecido, dónde están entonces?

    “En los libros”, me respondió.

    Al notar cierta incredulidad sobre mi rostro, se dispuso a revelarme un secreto de los escritores. Me dijo: Verás, existe cierto tipo de escritores conocidos como “atrapamundos”, ellos se dedican a guardar mundos enteros entre las páginas de algún libro.

    Hace mucho tiempo a uno se le ocurrió la idea de meter en un libro a todos los dinosaurios y, desde entonces, habitan ahí dentro.

    Desde aquel día, me propuse llegar a convertirme en un escritor “atrapamundos”, trabajé de forma incansable en ello. Mi primera obra fue un libro infantil, titulado: “Mundo de juguete”.

    En la primera hoja metí el sol de los primeros días del mes de  Abril; en la siguiente, un arcoíris y un enorme jardín cubierto de pasto; además, metí juguetes, golosinas, abrazos, canciones, y muchas sonrisas. Pronto se convirtió en Best Seller, al igual que todos los posteriores.

    Sin embargo, un día sentí que necesitaba más, necesitaba escribir el libro de todos los libros, es decir, el mundo de todos los mundos; así que comencé a meter mi escritorio, la computadora, la silla, el librero (con todos los cientos de libros); la habitación, la casa, la calle, la ciudad, el continente, el mar, el mundo y las galaxias.

    En la última línea ingresé yo, en forma de punto final.   

    May 10

    DETRÁS DE LOS PÁRPADOS LA MUERTE PUEDE BAILAR

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    Hay días en que no quisiera despertar. Me escondo detrás de los párpados e intento dar marcha atrás, pero el sueño se me niega como una mujer encaprichada. Intento entonces ocultarme bajo las sábanas, fingiendo hundirme en la noche; cuento borregos, tomo diazepan. Nada.

    La gente camina por las calles en medio de una marea de murmullos, los motores de los autos bufan igual que toros preparados para embestir, la radio del vecino reproduce la canción de moda. Ruido. Caos. Desesperación.

     

    Pasa el tiempo, yo sigo aquí, aunque no sé si despierto o dormido. Los párpados se me borran, ingreso en una pesadilla delirante. Camino entre un mar de gente. Todos pasan sin mirar a nadie, como cuidándose de la pistola oculta entre las ropas de aquel que se acerca demasiado, cualquiera puede ser el asesino, o un ladrón esperando el momento exacto para arrancar el bolso de la mano. Nadie se fía de nadie. Observo. Continúo caminando.

    No puedo distraerme, pensar un par de segundos en la mujer amada podría significar ser despojado de las pocas pertenencias, incluso de la vida. Morir de amor no tiene sentido, sería algo demasiado estúpido.

    Observo alrededor, miradas expectantes; músculos tensos; respiración agitada; pasos apresurados que no llevan a ninguna parte. Todos dicen que la única seguridad es la muerte;  sin embargo, todos viven temiendo al que se acerque demasiado. Ignorando que en la oscuridad se puede aprender a caminar como los gatos. Detrás de mis párpados el mundo discurre lento, haciéndome sentir más seguro, tengo paz. Detrás de mis párpados la muerte puede bailar. 

     

    Mil sonidos van emergiendo desde las entrañas de la ciudad que, al fundirse, crean un lamento agónico, una postal de la locura cotidiana. Mientras camino sintiendo a mis pies hundirse a cada paso, hasta tocar la raíz del miedo. Entonces comprendo que el temor es de todos.

    Las sirenas de las patrullas y las ambulancias se unen en una sinfonía trágica, haciéndome recordar el engaño perpetrado sobre Ulises. Intento cubrir mis oídos utilizando mis manos como párpados sobre mi cabeza. No puedo. No debo. El canto de las sirenas me hipnotiza, debo romper su hechizo; intento centrar mi atención en algo. Trato de enlistar las categorías de Aristóteles: Sustancia, Cantidad, Cualidad, Relación, Lugar... pienso en la destreza de los antiguos para profundizar en la realidad... Tiempo... no puedo dejar de sentir admiración y envidia al pensar en la tranquilidad y silencio de sus ciudades, en su reflexión a conciencia... Situación... pienso en Sócrates, caminando despreocupadamente por el centro de Atenas buscando a quién sumir en la ironía, en su no-saber... Estado... pienso en el primer filósofo caminando absorto en sus pensamientos... Acción... lo imagino caer en un hoyo a mitad del camino, por no mirar el piso que lo sostiene... Pasión...

    De pronto me siento a mí mismo golpeando contra un cuerpo ¿Acaso es la señal? El tipo se vuelve contra mí, arremete con insultos: “¿fíjate pendejo, estás ciego o qué?". Intento ofrecer una disculpa. El tipo sólo me muestra su dedo grosero, al mismo tiempo que se aleja. Continúo caminando.

     

    Me entretengo observando una horda de niños en un callejón, escucho sus risas entremezclarse con los ladridos de un perro; alcanzo a distinguir el cuerpo inconsciente de un anciano contra el cual los niños se divierten lanzando piedras. El perro, al parecer, intenta defender al anciano de la agresión, es en vano, los niños no parecen amedrentarse ante sus ladridos, por lo contrario, arremeten también en su contra.

    Una roca hace estallar la cabeza, la sangre se desliza, la observo caer como una cascada hermosa sobre los párpados del viejo, los mismos que se inundan hasta formar un diminuto lago de agua roja, espesa, excitante. Los niños festejan intensificando el ataque, sin embargo, pronto parecen aburrirse del anciano maltrecho y concentran su agresión en contra del animal, éste sale huyendo del lugar perseguido por la turba de psicópatas. Se pierden al otro extremo del callejón. Continúo caminando.

     

    Calles: laberintos sin destino. ¿Acaso sólo seamos una multitud de ratones buscando una salida o un trozo de queso?  ¿Quién juega con nosotros de esa manera? Me olvido del queso, no me importa, lo que busco es una salida, la busco en ese Otro disfrazado entre las sombras, espero que hoy sea el último día de la espera, camino buscando una señal. Luego de deambular un rato encuentro el cadáver del perro, una pesada piedra se ha bañado con su sangre, el peso inconsciente le ha abierto el cráneo, veo expuesta sobre la acera aquella masa gris de su materia encefálica, escucho sus latidos sordos, cierro sus párpados clausurándolos a la vida, huelo la muerte que ronda demasiado cerca; saboreo un final aproximándose. La gente pasa a su lado sin prestar demasiada atención, molesta por lo inconveniente de su muerte, por el estorbo en su camino. Continúo caminando.

     

    Encuentro una pequeña aglomeración de personas en torno a una voz exaltando la fraternidad, habla acerca de alguien que derramó su sangre por ti, por mí, por todos. Habla del sufrimiento y el amor, amenaza a aquellos que no han aprendido a respetar a sus hermanos: Él vendrá ―dice la voz, resaltando sus palabras con el dedo índice en lo alto―, y te pedirá cuenta de tus actos, comienza a sentir temor ―continúa clamando― tú que nunca te has detenido a extenderle la mano a tu hermano, tú que no intentas comprender a los demás, sino que esperas que ellos sean quienes te comprendan a ti. Por un momento me convenzo de haber encontrado la señal. Empiezo a acercarme hacia la voz, me voy abriendo paso entre la gente, deseo con ansia estar lo más cerca posible del portador de ese mensaje. Mientras avanzo voy dibujando en mi mente un rostro lleno de bondad, un cuerpo penetrado por lo divino, la figura armoniosa de un santo sin duda.

     

    Pronto consigo acercarme lo suficiente, quedo atónito al descubrir al portador de aquella voz, se trata del tipo que, tiempo atrás, me ha pintado “dedo”. Antes siquiera de sentirme decepcionado, un grito histérico estalla entre la multitud:  “agárrenlo, deténganlo, es un ratero, se lleva mi bolso”. La gente se limita a observar a la mujer, me recuerda a los despojos del animal. Se destapa mi imaginación; la observo extendida sobre la acera, los sesos extendiéndose lentamente, sus gritos sordos, el cráneo destrozado. Nadie hace nada. Me detengo. Estoy harto, y me niego a continuar.

     

    Me busco los párpados con la punta de mis dedos...

     

    ¡¡¡NO EXISTEN PÁRPADOS SOBRE MIS OJOS!!!

     

    Me aterra el pensar un sueño sin oscuridad, un día eterno, la luz filtrándose por cada resquicio, la mirada observando la miseria infinita de la tierra, sin poder hacer nada ¿Acaso es tan difícil lo que pido? Sólo quiero que se larguen todos, que apaguen la luz, que se cierren mis párpados, que me dejen dormir.