Valentin's profileUN LUGAR LLAMADO UTOPÍAPhotosBlogListsMore ![]() | Help |
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September 10 NOCTURNO A UNA NOCHE SIN FIN
VIENE A MÍ COMO UNA CORRIENTE DE AIRE FRÍO, COLÁNDOSE EN SILENCIO por la ventana que olvide cerrar, al notar su presencia mis párpados se niegan a caer. Me incorporo, busco por todas partes, entre las sábanas y bajo la almohada, sobre los estantes y entre los libros; en medio de mis sueños perdidos y abajo de la cama, por todos lados busco, intento convencerme del engaño metiéndome otra vez bajo las mantas, las subo hasta cubrirme por completo. De alguna manera quiero escapar, ocultarme para no saber de nada; sólo que, al hacerlo, escucho una voz cantando y, al no poder resistir su hechizo, vuelvo a ponerme en pie para buscar, para saber si en verdad está aquí. No basta con el simple sonido de la voz para convencerte de echar la vista atrás, o negar al sueño su parte en esta historia. Y, sin embargo así es, porque estando aquí lo llena todo: El tiempo perdido, los espacios vacíos, la importancia del viento, lo que queda por vivir. Uno a uno los minutos discurriendo, mientras me entretengo pensando, ¿cómo poder llegar?
Fue la primera llamada de la voz discreta colándose por la ventana, antes de caer sin sueño. ¿De dónde viene y, por qué a mí? Pregunto esto porque yo nunca lo busqué, aunque no me sorprende que otros lo hagan, si cuando la supe por primera vez me rendí ante él, o a pesar de él, porque aun sabiendo que está aquí, igual lo buscaría en todos lados, como si no estuviera desde siempre. Incluso antes de comenzar el día.
El reposo, ya no es lo mismo que cuando sólo tenía que cerrar los ojos para convencerme a mí mismo de que no estaba, aquí o allá, lo mismo da, porque enseguida todo se transforma en pesadillas que me sofocan y me hacen temblar...
El claustro donde Sor Juana tejió ideas con cintas multicolores hasta formar un verso, y otro, y otro más. Me pregunto si eres la tinta adecuada para escribir mis confesiones. Alma buscarte has en Mí, Y a Mí buscarte has en ti. Pocas confesiones de enorme peso cayendo encima de las pestañas por ver más lejos. Observo a Agustín de Hipona preñar una mujer negra a las puertas del obispado; y, a Francisco de Asís eternamente seducido por ella, y Clara por él, el hermano lobo entre ambos, y la hermana muerte a su lado. Santa Teresa pidiendo “Muerte(...) no te tardes, que te espero” y mátenme porque me muero, porque si “A mis soledades voy. De mis soledades vengo. (...) para andar conmigo, me bastan mis pensamientos” que no deseo seguir viviendo así, “que muero porque no muero”.
No muero, no duermo ni nada de nada, porque sigo aquí con los ojos abiertos, mirando esta tela delgada donde pasean tantos pensamientos sueltos, igual que si sueños fueran y, allí mismo, sin mas, se quedaran, siendo sólo un viento que a nadie importa de dónde viene o hacía dónde va.
... cuando el alma derrumba la mente, y se convierte en el fardo que impide dar un paso atrás, porque bien es cierto que quien demasiada alma lleva, vive prisionero de su propio cuerpo. Intento cerrar los ojos hasta oscurecer el pensamiento, dejar de pensar y tergiversar las cosas. Aunque, en cierto punto, llegan las cosas a no ser lo uno ni lo otro; es decir, ni ciertas ni falsas, porque la realidad del mundo se compone con palabras, o números o notas musicales, pero nunca con las cosas mismas ¿Será que esto es sólo un cementerio?... ¿Será que la vida está en otra parte?... ¿En dónde?... ¿En dónde más allá de aquello que percibo con todos mis sentidos?
Comienzo a sentir la levedad de esta noche como la corona de espinas sobre un dios crucificado. Sí, aquella que tantas veces intenté hurtar de la parroquia sin dueño. Sí, sin dueño, porque la casa de dios no tiene dueño, ni dios verdadero de dios creado. Ni nada de nada, y ahí se va. Todo el asunto incompleto de las palabras enroscadas formando historias, confesiones, pensamientos; y todo lo demás. Me calzo los zapatos para esperarte. Y, aunque intento que no sea así, me sigo sintiendo un perro con la esperanza del hueso que no termina de llegar ¿Para qué tanto juego? ¡Vamos, arrójalo y ya! Ladrando en la oscuridad la realidad es otra, menos roja y más espesa, como una noche sin piedad. Pero, ¿piedad de qué? Tú lo sabes mejor que yo. El asunto continúa, más o menos, así: Ojos inyectados de sangre; una cama con sábanas limpias; dos paredes transpirando humedad; pensamientos imitando un juego de azar; la imagen de tu rostro, y un día que no puede terminar.
La ventana continúa abierta. Un viento gélido entra en la habitación dando vueltas como rueda de la fortuna, su presencia me impide llegar más lejos de la puerta azul, porque tengo la seguridad de no querer hablar con ella, ni verla, ni saber cómo está. No me importa un carajo si, viva o muerta, viene de noche a recitar una letanía. Es cierto que no la busco ¿para qué iba yo a buscarla?.
Enfoco la vista a un costado y me topo de frente con la pila de libros sin leer, con sus páginas abiertas suspendidas entre signos de interrogación y subrayados de tres de cada cinco líneas por página; historias sostenidas en una continuación que no consigue avanzar y se mantiene en pausa. Nunca sé qué ocurrirá posteriormente, y eso me provoca inquietud, una angustia asolada por ruidos nocturnos más profundos que la algarabía de la mañana, cada vez que entra el viento por la ventana abierta que olvide cerrar antes de ir a la cama. Mi mente se centra en los asuntos pendientes que han quedado en el tintero una vez más, como siempre que sale el sol. Pienso en la cuestión del tiempo perdido, y, en cómo es posible perder aquello que nunca se tuvo, por que, a ver, dígame alguien ¿Quién alguna vez lo ha tenido? Si el tiempo es el dueño, y no el siervo de nadie. Pienso, además, en la vanidad del hombre que busca recuperar aquello de lo cual jamás fue dueño. También me preocupan los espacios vacíos que todos temen, porque en su soledad llenan de incertidumbre la continuidad de una historia. Hay quien dice que tal cosa no existe, que todo está lleno; que el determinismo hace ser lo que será y no existe otra manera. De ser cierto lo que dicen, lo único viable sería hacer del libre albedrío un pequeño rollo para guardárselo cada cual en donde pueda. Que sí, que la historia se acabó. Pero, cómo puede ser eso, si cada día yo le añado tres líneas y, por más que le sumo, no le encuentro el final.
Observo las dos paredes transpirando humedad, de donde pende el cuadro de una mujer desnuda, custodiada por un sol geométrico que no parece ayudar. Lo sé, porque su mirada es triste y la noche viene hacía ella. A veces temo que se desborde de la pintura hasta caerme encima y, entre la noche, no sepa ni qué es lo que veo; y suponga que la historia ha terminado. Entonces, por no sé qué motivo, suponga que lo importante no tiene importancia, y comenté entre dientes que lo importante del viento es saber de dónde viene, o que alguien responda que no, que lo importante del viento es saber a dónde va. Yo pienso que la importancia del viento es que el viento es viento y que existe porque aquí está, aún cuando no lo vemos, porque esperar lo inesperado es hasta hoy, la única esperanza. Lo que queda por vivir es una continuación que nadie sabe. El tiempo avanza más rápido que la mente sin dejar espacios vacíos, ni dar importancia a lo que no lo tiene. Y yo aquí preguntando: ¿cómo poder llegar?
¿Qué podría ser más importante para conciliar el sueño, que un par de sábanas blancas donde reposar de una noche demasiado larga, extendiéndose más allá de sus confines?. ¿Mantener la ventana siempre abierta?, ¿ Los hilillos de sangre en la mirada? Buscar entre los recuerdos cuál sea la importancia del viento, como si fuese el reflejo de esa humedad en las paredes, las cuales sostienen una mujer que observa un sol geométrico y no me dice nada. Ella desvía el azul de su mirada en ondulaciones continuas como las de las olas del mar, hasta un tiempo sin dueño que muere sin haber nacido nunca. El tiempo son sólo seis letras, o la secuencia del 0 al 10; o el espacio vacío entre un silencio y un sonido, y sólo eso, sólo eso es. Lo importante sería poder acabar la historia para que las cosas vuelvan a estar en su lugar, quietas, sin moverse en todas direcciones por la habitación. Incluso, hay momentos en los cuales ya no sé ni quién soy yo, me vuelvo de una pared a otra deseando encontrar mi lugar, en el que pueda ser yo mismo como todos los días. Pero, si giro a la derecha el mundo es triste, y por el muro se filtra el llanto, o la lámpara hace guiños obscenos a la colección de “grandes obras del pensamiento contemporáneo”, o mi mano se extiende hasta el sitio de honor de Dostoyevski. Por desgracia nada de ello me sirve para alcanzar lo que quisiera. La mente se me resbala entre las almohadas para acompañar al silbido innecesario del tren de medianoche, e imagino los lugares a los que habrá de ir. Los rieles serpenteando entre montañas que cambian de forma y tamaño según la posición en que se miren. Recuerdo, también, los cactus y palmeras a un lado de la vía. De noche pareciera que corren a un costado del tren como jinetes del viejo oeste; o eso pensaba cuando niño, mientras los observaba desde el interior de los vagones. Poco a poco, el tren avanza hasta perderse en la noche y yo regreso otra vez aquí, a esta posición incomoda que parece ser cualquiera siempre que la noche sea una noche muy larga.
Me vuelvo a girar, esta vez hacía la izquierda. Entonces el muro parece sudar de espanto, mi rostro casi pegado a él, se inquieta ante la falta de espacio y, en medio de esa oscuridad que pareciera concentrarse en los rincones más pequeños, el viento se cuela y me despabila cuando entra por la ventana abierta. No sé dónde estoy. Las cosas ya no son como antes ¿por qué no se quedaran quietas?
Desearía dormir para que el mundo se quedara estático, para que las cosas dejaran de moverse. Y, es que uno no sabe lo que es el sueño, hasta el día que lo pierde, sólo entonces se da cuenta que el mundo que creía inamovible, luego de muchos años de estarse repitiendo “las cosas son tal y como son”; se mueve, cambia de lugar cuando has quedado afuera y no te deja entrar.
Los minutos penden del techo como estalactitas petrificadas que no terminan nunca de caerte encima. Tú los puedes ver ahí, pendiendo sobre tu mirada como una noche demasiado larga, que no consigue avanzar más allá de las 12:01 p.m. Escucho el golpeteo de unos tacones afuera, fragmentos de un poema, el pack pack de una máquina infernal, la última canción de Nine inch nails. No sé que quisiera más, si descubrir de dónde vienen todos esos sonidos, o hacía dónde van.
Me preocupa el tiempo, sobre todo, a eso de las tres de la madrugada cuando la luz desciende a su nivel más bajo, y yo continúo sin poder dormir aun. Sin embargo, aún está tan lejos esa hora que casi ni siquiera me preocupa ahora. He llegado a pensar que, tal vez, sólo se trate de una invención mía y el día se suspenda a eso de las 12:15 o 12 y media, para poder dormir, para dejar de pensar, y ser sólo una masa inerte como suspendida en la oscuridad. Aunque, al mismo tiempo, más conciente que cuando despierta, y no sabe en dónde está. Y entonces tienes que restregar tus ojos para ubicar cada cosa en el mundo, cada cual en su lugar. Los segundos avanzan lentos, tan lentos que me hacen suponer que podría pensar en una sola noche, mi vida entera; repasar los detalles uno a uno, hasta quedar convencido de no haber dejado espacios vacíos. Y ya luego, no sé, planificar incluso lo que queda por vivir. Si tan sólo supiera dónde se esconde el sueño, entonces, quizá sabría también cómo poder llegar.
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