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日志


3月6日

VIAJE SIN FIN

 Es de noche y el camino te llama. Dice: ¡ven! Despliega entre sombras una promesa. Es una noche singular, tan oscura como cierta. Una bendición de luz derramada  entre acertijos. La noche te transforma en un vagabundo indecente que le frota con descaro los muslos a la libertad. Mientras el frío acaricia con manos afiladas al rostro erosionado de la madrugada. Nunca has pretendido cosas pequeñas, piensas que para eso existen los demás. No, tú. Tus metas son otras, otros tus objetivos, como restaurar el espíritu trasgresor de la forma y los contornos de los primeros visionarios, o la búsqueda constante y perpetua de un Demiurgo, Motor Inmóvil o el Absoluto; borrar la ceguera de tus ojos para permitir alzar la voz a tus fantasmas interiores, quienes murmuran secretos a tus oídos. Sin embargo, lo que verdaderamente deseas es llegar al otro lado del mundo, hacía el universo de lo simple y, además, sin dueño. Basta la maldita cosa que no sea el sencillo acto de tomarlo y descansar en él, como lo hicieron Plotino o Whitman, fundiéndose en uno con el Universo.

Llevar la totalidad de la Armonía Universal a una esquina en blanco para descansar en ella igual que sobre una almohada; recostarte a contemplar el mundo sin prisas, sin temores, sin nada. Pero siempre la noche termina y un nuevo amanecer lo ilumina todo.

 

Observas la gente a tu alrededor. La vida agitada de las terminales de autobuses. Entonces la historia es otra. El inicio de un combate de la humanidad contra sí misma, el Hombre que muestra sus colmillos afilados frente al espejo que no refleja nada. Sólo a él. Sólo a su soledad. Solo.

 

La mirada es inyectada por sangre muerta, coagulada; lo que te salva en ese momento es la nube entre los ojos. Es cierto que nada puedes ver aunque sientes el acero, frío y afilado, pendiendo sobre tu cabeza. Circula el espíritu como una tuerca que siempre vuelve sobre su centro infinito. Una barca que jamás podrá abandonar la tierra. La idea repetitiva que te acompaña cada noche, la misma idea una, y otra, y otra, y otra vez. Llegando; iluminándose; elevándose; reduciéndose; llorando; silbando; guardando silencio; estallando de risa; fumando; haciendo el amor; llamándote; quemándose; encegueciéndose; triturando; buscando; matando; cuidándose; amando; deseándote como a sí misma; viajando. Escapando al amanecer. 

Un viaje que siempre lleva al no-lugar, que se ilumina mientras crece sólo para morir en medio de un llanto que de tanto silbar cae, irremediablemente, en el silencio, o estalla de risa después de fumar y hacer el amor. Sabes bien cuando te llama y tú la ignoras, ella se quema o se queda ciega, se destruye en el amor, se busca cuando te mata, se cuida cuando te ama, te desea con la misma necesidad que a sí misma, y cuando te encuentra (siempre termina encontrándote), escapa. Se pierde en el viaje que trascurre entre dos amaneceres. Así son los viajes entre dos  amaneceres. Nunca iguales. Indefinidos. Ciegos.

 

 

Eres el tipo al que siempre, por ve tú a saber que motivo, bajan del autobús en los retenes. ¡Una identificación! ¿De donde viene? ¿Hacía dónde va? ¿Ocupación? Acompáñeme para una revisión, frases masculladas entre los dientes “Pinches hippies mariguanos”, “donde te tuerza con yerba te carga toditita la chingada, cabrón”. No puedes decir nada, ni pretendes, siempre es lo mismo, para qué entrar en polémica, para qué darles el motivo suficiente aunque nunca necesario de romperte la madre, como la primera vez que “te pusiste al brinco” y te dieron tu calentaditaparaqueaprendaanoponersealpedoconlaautoridad, guey.

A tu regreso fuiste envuelto por miradas de falsa simpatía, ese disfraz favorito del recelo. Te hundes en el primer sopor que alcanzas para volver a tu guarida. Observas los extensos espacios al costado de la carretera. Piensas si allí no te molestaría nadie. Silencios que recortan siluetas fantásticas entre el movimiento que sujeta y al mismo tiempo libera, el mismo que te proyecta hacía lo desconocido. Afuera, el cielo se ensancha de una manera sorprendente. Un cielo que no es sólo telón de fondo a la belleza ilusoria de los rascacielos, sino primer plano de los sueños más antiguos. Una evocación del primer hombre que pensó en cómo llegar a ese lugar donde deben habitar los dioses.

Los kilómetros se consumen bajo los neumáticos del autobús. Las ruedas son la representación del tiempo y el espacio. Y, para ti, además, de la libertad, tu única posibilidad de un par de alas con las cuales poder surcar el cielo del uno al otro costado.

 

El fantasma de una mujer, junto a ti, parece proferir palabras. Imposible comprender sus sonidos, sus ideas tan sólidas como piedras. El fantasma enroscado a tu cuello dibuja una serpiente. Te adentras en su mirada. Nada. Está tan hueco ahí dentro. “Te amo”, mastica su frase favorita que no significa sino “eres lo que necesito para llenar mi ausencia”, esa ausencia femenina que tantas veces te ha puesto barro sobre los pies, un peso inoportuno capaz de complicar el vuelo; la llama encendida veinticuatro horas al día que no te deja observar la mirada del cielo por la noche. Pero, sobre todo, esa lengua con que inyecta su veneno sobre ti, hasta hacerte desvariar entre el jugo de sus piernas. El fantasma es la llave que no abre puerta alguna, el retraso a todas partes; el posponer los asuntos importantes para otro día mientras subes las sábanas por encima de la cabeza. Sin embargo, también piensas en la posibilidad de algún otro fantasma con menos vacío por llenar, que pueda correr con pie descalzo entre las espinas de los zarzales sólo para pasar el rato e incomodar a dios. Un fantasma de la Edad Media, un fantasma gótico succionando a conciencia la glándula pineal, esa vampiresa que sepa hacerte soñar entre su sexo como princesa de cuento de hadas, o que posea el filtro del amor como Isolda, la niña triste enamorada del amor. Un pecado en carne y hueso que te haga transgredir toda norma necesaria para vivir en la gracia del señor. Olvidar el no desear a la mujer del prójimo para poseerla a todas horas, en todas partes, de todas formas. Hundirse en la cama para olvidar el mundo. Hundirte en ella para olvidarte de ti mismo. Conversar con ella como con una hija  a quién se le narra el mundo; para doblar las campanas una vez más sin tener necesidad de muertos. En fin, para poder conciliar el sueño sobre sus senos.

 

Transitar siempre parajes nuevos, un ir siempre más allá sin pensar en el regreso. Una vez partiendo mejor sería borrar las huellas del camino que hasta ahí te han conducido. Comenzar desde un principio accidental. Dejar correr la vida, ignorando los rumbos donde habrá de caminar como nave sin timón, poblada de piratas y náufragos de las ciudades de concreto, tránsfugas de la realidad envuelta en celofán. El retorno de la calzada de los muertos. Un cielo rojo. La tierra desnuda bajo tu pie. Alcohol hirviendo a 120 km/hr. Madrugadas de café y cigarro. Espacio virginal, sagrado y místico, dónde plantar tus sueños sin verles florecer, sin olvidar la canción de los silencios, la que te muestra tus propios temores encendidos por las brasas de la negativa de dejar de ser. 

 

Cuando recién tocaste el desierto no sabías lo que iba a suceder en la tierra de los muertos. Tu instinto fue quién te guió. Comprendiste que, por alguna razón, ésta tierra árida te recibía. Descubriste que un viaje al desierto es en realidad un viaje al centro de ti mismo. La síntesis de un día perfecto. El espíritu del desierto posesionándose de ti desde lo más profundo, cantando la canción de tu infancia, dibujándote la taquicardia de tus pesadillas casi con ternura, hasta sentir encima la lluvia que cae del sol a mediodía. Emprendiste un viaje a tu costado más desconocido, a la tierra inexplorada donde se han guardado tus miedos más añejos.

 

El momento más terrible de estar vivo fue, sentír la existencia en la primera gota de sangre que supiste que era tuya, porque te dolía, porque en su recorrido dejó la estela, grabada sobre tu memoria, de un jardín hermoso al que jamás volverías a ver una vez más. Después de sentir como la carne de tu cuerpo es arrancada a pedazos por los picos de un montón de aves carroñeras. Sentír todo ese dolor de estar vivo y no poder compartirlo con nadie, porque estás solo, porque siempre fue así, lo es ahora y lo seguirá siendo hasta el día de tu muerte. Estás solo en medio del desierto cuando estas vivo. Y, estás vivo, sólo cuando estás solo en medio del desierto.    

 

El desierto es compartir con el mundo tu sentir más vivo, tu deseo de morir a ratos, un cómodo dormir embriagador de sueño por días, días y noches, sin confesar a nadie que estas muriendo; sin mostrar los dientes a la luna. Cansado, pero tan cansado de esperar lo que no llega. Cuando te alcanzó la primera noche de tu desierto, ya venías de muy lejos, sabías que nadie te esperaba. Volver con sólo dar media vuelta, dejar para otra vida las respuestas. Volver a recostarte entre la cama a masticar los sueños como a golosinas. No querer morir lejos de este mundo que, aunque no lo comprendes, es el único que conoces. Ahora ya sabes que no, que los amaneceres aparecen cada circulo de veinticuatro horas, y retoñan como gotas de rocío entre los jardines transparentes de los sueños. Mientras que el viaje... ése nunca se acaba.

2月8日

ADAGIO PARA UNA NOCHE TRISTE

 ADAGIO PARA UNA NOCHE TRISTE

(o para cuando sientas que ya no sientes nada)

 

 

 

Entendió que la ausencia de dolor era el síntoma más claro de su enfermedad. Entonces dio el primer paso fuera de casa. Él siempre lo supo, o mejor dicho, lo intuía, desde algún punto más allá de las células receptoras y la médula espinal. Una presencia le acompaña desde aquel día a su izquierda, siempre a la izquierda. Una presencia celosa de su puesto por antonomasia.

Toma la llave de la puerta entre sus dedos con la agitación exudando por anticipado, tal como sucedió hace 20 años en su décima fiesta de cumpleaños ¿Qué queda aún en esas calles aburridas? Piensa sin quitarse de encima ese mohín irónico que tanto le caracteriza. Lanza una mirada sobre la ciudad, y, sin darse cuenta, se pierde en la quietud del cielo.

Aún no llega la noche, sin embargo, puede escuchar ya el eco de sus pasos girando tras la esquina del penúltimo rayo de sol. Su pie tropieza con una pila de correspondencia atrasada, recargada contra la puerta. Al revisarla, encuentra entre otras cosas, los recibos de luz y agua de los últimos meses; una invitación para suscribirse a Reader’s Digest; la notificación para presentarse ante el ministerio público por segunda ocasión en el transcurso del último mes; una carta de dios; los tres últimos tomos de la enciclopedia del absurdo y, por último, una carta de amor sin remitente. Toma la correspondencia entre sus manos y se dirige a la cocina. Una vez ahí, saca una cacerola azul, es el trasto de mayor tamaño que puede encontrar, deposita éste sobre el mosaico; enseguida introduce la correspondencia. Sale en búsqueda de un encendedor o alguna caja de cerillos, siente que los necesita aunque no sabe para qué, no quiere saber para qué... ¿para qué?

Mientras escudriña el departamento, decide poner algo de música. Topa con un paquete de fósforos al fondo del cajón del buró, sin saber exactamente por qué, empieza a sentir una profunda satisfacción, casi una alegría si ésta se midiera por el ángulo que dibuja una sonrisa sobre la comisura de los labios.

 

 

Tonathiu sigue sus pasos detrás del sillón sin atreverse a emitir el menor sonido, receloso de servir nuevamente de blanco a los objetos voladores, lanzados con toda la intención de causar el mayor daño posible sobre su cuerpo, cada vez más seco y fatigado. Sólo el dolor funciona como medio de comunicación infalible. Trata inconscientemente de alargar el regreso a su destino, se detiene frente al ventanal de la sala, su mirada sobrevuela la ciudad como una caricia furtiva que se sabe culpable y, sin embargo, no se puede contener. Siente lástima de sí mismo. Enfoca su mirada hacia los primeros destellos de luz emergiendo como luciérnagas en medio del cielo, sobre la imagen retenida en la memoria de un día que sucedió hace mucho tiempo, bajo un cielo que nunca fue nuestro, ni lo es ahora, ni lo será jamás; porque, simple y sencillamente, ese cielo dibujado sobre nuestras cabezas pertenece a quienes miles de años atrás estuvieron aquí, antes que nosotros. Piensa en aquel primer ojo alzándose sobre sí mismo, buscando una respuesta tatuada en las alturas. Y entonces, el mohín regresa, y el dolor, y lo mismo, la casi felicidad. No sabe a ciencia cierta qué diablos ocurre a su alrededor, por qué precisamente ahora le surge esa sensación, qué caso tiene ya, cuando todo se ha dicho sin necesidad de entrecomillados, ni notas a pie de página. Piensa que las únicas palabras verdaderas son aquéllas que saben guardar silencio, que no ceden ni ante el suplicio del fuego, que calcina las plantas de sus pies; que son y no son más allá del aparente dilema, sabe que esta noche toda posibilidad ha quedado abierta de algún modo, se pinta la mitad del cuerpo con los rayos de la luna, hasta estremecerse en un lento escalofrío recorriéndolo de pies a cabeza. Las notas discretas le acarician los oídos, un suave descanso antes de la última batalla, impostergable.

Él lo sabe, siempre lo ha sabido, o mejor dicho, lo intuye. Su carácter desconfiado le ha entrenado en el difícil arte de anticipar el próximo movimiento del otro, se distrae con el silbido lastimero de las sirenas industriales, que anuncian la muerte de un soñador más; el doceavo en lo que va del año.

Se da cuenta de que ha dejado de importarle lo que pasa en el mundo, cuando siente que ya no siente nada. La indiferencia permea el ambiente, coloreándolo todo con una amplia gama de tonalidades grises: gris aceituna; gris muro; gris almuerzo al desnudo; gris cielo azul; gris etcétera, etcétera, etcétera...

 

Enciende un cerillo tras otro sin darse cuenta de la pérdida de la sonrisa, ese mohín irónico que tanto lo caracteriza. El ángulo dibujado sobre sus labios se pierde. La música suena al fondo, se entretiene al adivinar el nombre de la melodía. Es La heroica, de Bethoveen, se dice a sí mismo. No, no, no. Es La novena, se corrige de inmediato, pedazo de imbécil, quién puede confundir algo tan obvio, se recrimina. Camina hasta el reproductor de discos, toma la grabación de aquella Oda a la alegría, abre la caja hasta formar un ángulo de noventa grados, enciende un cerillo y, justo a la mitad del espacio formado por el estuche, intenta calcinarlo. Las llamas pronto comienzan a comprimir el plástico que, de inmediato, forma figuras grotescas de ideas absurdas; las únicas probables para una mente cansada de dar vueltas al filo de las tres de la madrugada. Por algún motivo vuelve a sentirse satisfecho, casi alegre.

Pronto, Mozart es arrojado a la hoguera, y después Vivaldi, y lo mismo Paganini, incluso Lutöslawski. Lentamente se va formando una gran hoguera de júbilo y lamentaciones. Las llamas danzan a la muerte en medio del jardín del parnaso. Mientras, todos ellos al unísono, interpretan La sinfonía fúnebre desde el fondo de las llamaradas que poco a poco los van consumiendo.

Él guarda el más absoluto silencio, sabe que jamás volverá a escuchar algo así. Una profunda emoción lo embarga. Le brotan las lágrimas, primero una, luego otra, y otra,  otra, otra...

 

Ladra desconcertado, sin percatarse que ha interrumpido un momento mágico, para trocarlo en uno trágico. Tonathiu intuye la desgracia detrás de aquellos ojos enrojecidos. Intenta pasar desapercibido envolviéndose en su propio cuerpo, cada vez más seco y fatigado. El peso de una silla, lanzada con toda la intención de infligir el mayor daño posible, da contra aquel cuerpo envuelto en sí mismo. Emite unos chillidos lastimeros, incapaces de despertar la clemencia, y nuevamente el peso de la silla se estrella contra él.

Él no sabe si lo que le impide escapar, o al menos intentar hacerlo, sea la fatiga de su cuerpo seco; o la intuición de que cualquier movimiento resultaría en vano; o una melancólica necesidad de estar muerto. La silla se estrella una y otra vez, hasta que el agotado cuerpo deja de respirar. Los daños parecen mínimos, piensa él ante la inerte masa indiferente a la vida, lo sacude con la punta del pie, lo que más le sorprende es la ausencia de cualquier rastro de sangre. Piensa que eso es imposible. Aunque, si fuera suscriptor de Reader´s Digest, seguramente tendría una respuesta satisfactoria que le devolviera su mohín extraño que tanto lo caracteriza, ésa casi sonrisa. Recuerda en ese momento los tres volúmenes de la enciclopedia. Acaso ahí encuentre la respuesta, piensa, e inmediatamente se enfila hacía la cocina, hacia el lugar que intuye no debiera regresar.

 

Encuentra los libros depositados dentro de la gran cacerola azul, junto a los demás documentos, aún cubiertos por un delgado plástico transparente, el cual desprende de un par de tirones para revisar el índice del primer volumen, el que señala que abarca desde la letra K hasta la M, con su dedo índice recorre los temas de M:

 

Marcas misteriosas en los sembradíos de maíz ........................................94 

Mensajes enviados desde el otro mundo  ................................................96

Misterios del pan de muerto .................................................................104

Montañas habitadas por seres de luz .....................................................110

Muerte sin rastros de sangre ................................................................140

 

¡Eureka! Exclama emocionado, y comienza a leer:

 

A través de la historia de la humanidad, se han reportado algunos casos sorprendentes de muertes, en las cuales ha sido imposible detectar el menor rastro de sangre. Algunos científicos, quienes han dedicado la mayor parte de su vida a estudiar tales eventos, como el multilaureado físico-matemático Joseph Crown, han señalado que hasta el momento es imposible ofrecer cualquier explicación del fenómeno, aunque por otra parte, manifiestan una confianza plena en dar pronto con la raíz del enigma. Para más información, remítase a: Fundamentos esenciales de la Patafísica Jodorowskiana, página 76, tomo VI.  

 

Decide prender fuego al volumen que va de la letra K a la M, luego al tomo IV, al XII, al IX, al II, y así sucesivamente, hasta reducir a un montón de cenizas la enciclopedia absurda. Nota que aún conserva las dos misivas, porque el citatorio del juzgado segundo de lo penal desapareció en un intermedio entre los tomos VII y VIII. Observa la carta de dios, usualmente nunca son buenas noticias, así que opta por la carta de amor sin remitente. El humo ha formado una neblina opaca que le dificulta la lectura; algo menciona de un amor dispuesto a perdurar toda una eternidad, la simple mención de esa palabra siempre le ha provocado un malestar físico, una molestia muy desagradable en la parte inferior del estómago, como si ahí el cuerpo adivinara la mentira disfrazada de absoluto. “Eternidad —se dice a sí mismo—, qué palabra más falsa y repugnante, cuánto daño ha causado esta palabra al hombre de todas las épocas, cuántas muertes podrían haberse evitado si no existiera tal expresión, cuánto tiempo malgastado en tratar de contener la corriente del río.

 

¡Ay, Heráclito, cuánto oído sordo!

 

Definitivamente, se niega a continuar leyendo algo tan horrendo como una promesa de amor por “toda una eternidad”. Toma el papel entre sus manos y comienza a desgarrarlo hasta verle reducido a un montón de pedazos asimétricos que, de inmediato, son arrojados entre los restos aún ardientes de la absurda enciclopedia. Los recibos atrasados del pago de luz y agua son pasados por alto, se resiste a ser estafado una vez más. Piensa que si Dios viste y alimenta a las aves del campo, por qué no habría de hacerlo con él ¿Acaso no es él una más de sus criaturas? Molesto, decide encender cada una de las lámparas del departamento, además de permitir correr al agua por cada una de las tomas. Y, no conforme con ello, abre las llaves de gas de la estufa, del horno y del calentador de agua. Sabe bien que aún le resta abrir la carta de Dios, tan bien como la falta de interés por su contenido. Es cierto que no deja de sentirse intrigado, cada vez que arriba una de sus cartas. ¿Y si le ordena lo mismo que a Job? Es verdad que no tiene hijos aún. Pero, si en tal caso, le ordena sacrificarse a sí mismo. No resulta una idea descabellada, es decir, ya su propio hijo pasó por esa prueba, el sólo pensar en ello le reseca la boca, opta por beber un vaso de agua; al momento de llevarlo hasta sus labios, éste cae de sus manos, estrellándose en el piso con un golpe seco que le viene a remover los recuerdos en su memoria. Intenta levantar los trozos de vidrio regados por el suelo de la cocina, al hacerlo, se le incrusta uno de ellos, causándole una herida de mediana consideración. La sangre huye de su cuerpo con una velocidad sorprendente que le genera una sensación de vértigo. Desearía no estar allí, atreverse a dar el primer paso fuera de casa, aunque sólo vistiera ese mohín irónico que tanto lo caracteriza, sólo a Él.

 

Piensa en la correspondencia que ha dejado de existir, la que le obstruyó el primer paso y lo obligó a dar marcha atrás para poder escuchar la Sinfonía fúnebre desde el fondo de las llamas, calentándole los huesos. Escucha las risas a su alrededor. Una voz diciéndole al oído: Levanta tu cruz y camina, recuerda que la vida no tiene edad, y que los años sólo son los pasos que da la muerte para llegar a casa. Recuerda entonces quién es Él en realidad. Se mira en el espejo, al hacerlo descubre la verdad: es la muerte y, además, es también su hogar. Observa su rostro multiplicarse a través del dolor por todo el mundo. La enfermedad se propaga como río de sangre cuando toma a Tonathiu entre sus brazos y éste no ladra. Y juntos salen de casa.

 

 

 

 

1月13日

VERONIKA (fragmento)

 

Otro día gastado entre copas y falta de amor. Otro día sin horas de descanso. Otro día. Otro. Por su destacado físico era una de las más solicitadas. Además de bella, inteligente. Sabe muy bien cómo satisfacer las demandas más difíciles. De algo tendrían que servirle todas esas lecturas de literatura y filosofía, de  religión y política, de esto y aquello. Desde muy joven adquirió el hábito de la lectura, todo lo leía, todo, desde un tratado de filosofía hasta el instructivo para el horno de microondas; su insaciable curiosidad buscaba respuestas entre las letras, entre los textos de las personas que ella consideraba como las almas más antiguas del mundo. Cada idea nueva le parece un vaso de agua y, ella, parece estar siempre sedienta. Nunca se consideró a sí misma una puta, en su tarjeta de presentación el titulo que usa es el de “Dama de Compañía” ¿Puta era una profesión? Y si no, por qué las llamaban así ¿acaso existe una profesión llamada putacina, putafia, putaria o algo así? Bueno, entonces por qué no llamar a los políticos “cabezas huecas” o “mojones de mierda”, aunque resulte demasiado obvio, la cuestión es que no se puede andar llamando a las cosas como a cada quien se le hinchen los huevos, ¿o sí? Cada día por la madrugada, recapitular los golpes recibidos por la vida. Una mierda extendida como pólvora que en cualquier momento estallará. Además, ¿de qué le servía seguir soñando? ¿Con ese insomnio ininterrumpido?

Ni hablar.

 

La habitación con una ventana bien documentada que traía a diario las últimas noticias del vecindario: la última pelea de los vecinos del cinco, frente al espejo Raquel admirando su cuerpo, que apenas deja atrás a la niña para convertirse en el de una mujer. En fin, la vida de un mundo que gira sobre sí mismo, como un perro tras de su propia cola.

Verónica observa por la ventana, su imagen se reproduce sobre el cristal, se reconoce como ella misma, como la niña de ayer que cada día veía a su cuerpo transformarse en algo completamente distinto, ensanchándose en algunas partes, estilizándose en otras, siendo moldeado por unas manos invisibles que le provocaban estremecimientos ansiosos en cada deslizamiento por las incipientes curvas de su anatomía. El amor de sí mismo, su último reducto dónde refugiarse ante la ausencia prolongada del amor que parece empeñado en no llegar a esa esquina del mundo donde habita el corazón de una puta, en una esquina al sur de la ciudad. ¿Por qué será que siempre es en el sur dónde el amor no existe?

Veronika mira por el cristal al mundo de afuera, los hombres que son  su comida rápida

12月31日

LOS RECUERDOS SON PECES QUE FLOTAN EN EL AGUA

 

                                                                                                         PARA: MIMI

 

Llevo tanto tiempo observando todo alrededor que he terminado por acostumbrarme a llevar un registro de hasta el más mínimo detalle. Analizo cada movimiento como si por primera vez consintiera que algo puede cambiar de posición. Fue por eso que hoy pude percibir ese sorpresivo cambio en el comportamiento del doctor Klaus. Lo delató esa reticencia a mirarme.

Normalmente el tiene la costumbre de saludarme siempre, una vez que arriba al laboratorio. Incluso, suele acercarse hasta mi puesto para dedicarme un guiño de ojo y ofrecerme los buenos días. No siempre pero, algunas veces, acostumbra agregar un calificativo al término de la frase, tal como: muñeca, linda o guapa.

No sé si él ha sido capaz alguna vez de notar mi rubor, al menos, nunca ha hecho el menor comentario al respecto, únicamente sonríe de una manera discreta y, de inmediato, se aleja a su mesa de trabajo. A pesar de mi notable turbación, yo soy incapaz de dejar de mirarlo, a no ser en las contadas ocasiones en que él tiene que abandonar su espacio de trabajo para dirigirse a algún sitio fuera de mi campo de visión. Entonces me dedico a contemplar sus avances sobre cualquier tipo de investigación que se encuentre realizando. Su campo de indagación predilecto ha sido siempre, todo aquello relacionado, de algún modo, con el corazón. Su última investigación, por ejemplo, consiste en analizar el proceso, mediante el cual, la combinación de potasio y sodio, imprimen ese ritmo tan característico al latido del corazón. Para ello, yo había tenido la oportunidad de observar a media docena de conejos con el pecho a corazón abierto, diseccionados de una manera realmente fina, sobre su mesa de trabajo.

Yo no podía sino permanecer como hipnotizada ante la contemplación de aquella sístole-diástole; lo imaginaba como la paráfrasis de un globo resistiéndose a recibir mas que una cierta cantidad de aire, en su interior, temeroso de que en un determinado momento de exaltación, un mínimo de oxigeno lo provoque estallar, hasta dejar restos de él esparcidos por todos lados. Aún no consideraba los afilados bordes del azar, atentos a cualquier descuido para asestar el tajo definitivo.

Con el transcurso del tiempo fui testigo mudo de aquellas quirúrgicas disecciones que pronto fueron fomentando en mí, la convicción de que la mirada guarda un tipo de relación muy especial con el corazón. Hubo varias ocasiones que, al encontrarme observando primero aquellos corazones latir de una manera cada vez más acelerada y, posteriormente centrar mi atención en sus ojos, solía llegar hasta mí, en forma de recuerdo, un verso de un poema:

Pom, pom frappe mon coeur/ Pom, pom chaque fois plus chaleur, que se repetía como el mismo latido.

Más, sin embargo, esto no me lo decía su corazón latiendo impúdicamente a la vista de cualquiera, sino sus ojos, aquellos ojos tan cristalinos como el agua dulce del río donde solía bañarme de pequeña, en la hacienda de mi familia, en ese espacio apacible donde transcurrió la mayor parte de mi infancia; entre ríos que, sobre sus superficie reflejaban el paso del tiempo: el sol durante el día, la luna y las estrellas, al anochecer.

Desde entonces comencé a considerar más acertado suponer que el amor entra por los ojos, y no por el estomago como mi abuela solía afirmar de una manera categórica, con un énfasis en sus palabras como sólo pueden inyectarlo a sus convicciones quienes realmente creen, a pie juntillas, lo que dicen. Y mi abuela solía decir tantas y tantas cosas que, al final, terminó por creerlas todas. Afirmaba, por ejemplo, que todo hombre que no era feo, resultaba ser, por consiguiente, un marica; por eso nunca le gusto la ciudad.

<<Con tantos tipos tan acicalados, esto más bien parece ser una jaula de locas sin cerradura>> decía enfadada.

El doctor Klaus, como la mayoría de quienes se dedican a la ciencia, no es muy agraciado físicamente. Más bien tendría que confesar de manera honesta que es realmente feo: tez apiñonada, rostro enjuto y nariz ancha. Mientras que yo represento a la perfección el tipo de mujer europea, el predilecto de los hombres, según creo entender: rubia, alta, delgada, nariz respingada y ojos color azul turquesa.

Hace ocho años cumplí veinticuatro años de edad. A partir de los dieciocho comencé mi carrera de modelo, lo hubiera hecho mucho antes si mis padres no se hubieran opuesto sistemáticamente. Así que, para darles gusto, debí concluir primero con mis estudios de bachillerato y, una vez cumplida la mayoría de edad, dedicarme a lo que en verdad a mí me interesaba, es decir, el mundo de la moda y las pasarelas.

Para la escuela nunca fui muy buena, debo confesarlo, más bien solía valerme de mis encantos para conseguir aprobar los cursos.

Por azares de la vida, creo yo, el destino me trajo un día hasta este laboratorio, y la química, luego de haber sido una de las materias más aborrecidas en el colegio, se llegó a convertir, para mí, en una verdadera pasión, de una forma más bien inevitable. En un lapso de aproximadamente tres meses he memorizado, por completo, la tabla de los elementos químicos, incluido radio, número atómico y valencia.

Si me lo preguntaran no sabría responder qué pasó para que esto aconteciera, supongo que algo muy importante debió suceder en mi vida para que se produjera este cambio de trescientos sesenta grados.

Sin embargo, cuanto más empeño pongo en intentar descubrir qué fue lo qué pasó, aquel rio de mi niñez suele llenarlo todo y, a mi alrededor, los recuerdos son peces pequeños que flotan en el agua.

Al poco tiempo de ingresar al mundo de la moda, muchas de las más prestigiosas marcas de ropa y accesorios me solicitaban como imagen para sus campañas; siempre había propuestas de trabajo en puerta. Había cosechado una imagen capaz de opacar a las mismas marcas que debía representar.

El doctor Klaus siempre ha sido el primero en llegar al laboratorio, también el último en marcharse, ese fue sin duda el principal motivo por el cual yo he llegado a tomarle tanto cariño y, por supuesto, esos detalles que a una como mujer siempre le son indispensables: los piropos educados que, aun cuando provengan del más feo de los hombres sobre la faz de la tierra, una mujer siempre estar dispuesta a recibirlos, aunque finja no escucharlos y acelere el paso.

Así que cuando el doctor se acerca a mí y me dice: <<Buenos días, linda>> Yo no finjo sordera ni aprieto el paso, sino que, por el contrario, lo miro fijamente hasta que el me hace un guiño, sonríe, y se retira a trabajar, aunque también es verdad que yo jamás le he confesado nada de lo que siento por él, como ese Pom pom frappe mon coeur que me hace experimentar cada vez que lo veo directamente a los ojos ¿Qué relación guarda la mirada con la aceleración del ritmo de nuestro corazón?

Hoy he sentido ese distanciamiento del doctor Klaus. Ingresó observándome de reojo. No me saludo, antes bien, se acercó a la doctora Swann y le hizo un par de confidencias al oído, no pude distinguir nada de sus cuchicheos, sin embargo, observé como ambos lanzaban miradas furtivas hacía donde yo me encontraba. Quise mirar a otra parte, pero no podía separar mi vista de él. Su imagen se ha convertido para mí, en la imagen de un santo sobre su pedestal. Y él es tan feo que más que un santo, bien podría hacerse pasar por un demonio, un sátiro que enamora ninfas gracias a las hipnóticas notas musicales de su bisturí; una música del corazón haciendo pom pom y perturbándome sobremanera cada vez que lo veo aparecer sonriendo, diciéndome: <<Buenos días, preciosa, o muñeca, o linda. Para enseguida, dedicarme un guiño, el mismo que las primeras veces me pareció más bien producto de un tic nervioso, pero, al que, con el transcurso del tiempo me fui acostumbrando. Posteriormente lo he ido necesitando tanto, como el corazón necesita del sodio y el potasio para funcionar. ¿Acaso no sabe de las terribles consecuencias de combinar potasio con lágrimas y desdén? ¿Qué clase de laboratorista químico es usted, señor Klaus?

Antes de las confidencias hechas a la doctora Swann, el doctor pasó junto a mí sin siquiera saludarme, entonces, yo sentí por primera vez en mi vida, esa extraña punzada en el centro de mi corazón.

La doctora se alejó con una sonrisa sardónica sobre los labios, seguramente pensando en la extravagante personalidad del doctor Klaus. Yo la he visto burlarse de él, junto con otros más de sus colegas. Si bien todos admiran sus investigaciones, también es cierto que a sus espaldas todos se mofan de él por su aspecto y sus manías estrafalarias.

Todo este día se ha mantenido distante de mí. No me dio los buenos días, y menos me guiño el ojo, mientras me decía <<linda>> Deseaba sinceramente mirar hacia otro lado, demostrarle que yo también era capaz de ignorarlo. Pero mi mirada gobierna sobre mi corazón. No puedo evadirlo, ni siquiera dejar de mirarlo. Él lo sabe, y sospecho que esa sea la razón de su intranquilidad. Incluso hace quince minutos, por primera vez vi como cortaba en dos el corazón de un conejo. Su pulso siempre tan preciso, vaciló esta vez, ¿o quizá, no? Tal vez a comenzado a ensayar una nueva modalidad quirúrgica ¿Qué trama, doctor Klaus? Ha transitado un par de ocasiones junto a mí sin tomarme en cuenta, como si de pronto me hubiera vuelto invisible para sus ojos.

Cuando erró en la profundidad del corte, noté que me miraba de reojo. El conejo convulsiono un par de ocasiones, en seguida se quedó quieto al igual que la mano del docto Klaus sosteniendo el bisturí, del cual aún escurrían un par de gotas de sangre. Se limpió el sudor de la frente con la manga de su bata, y desapareció tras de la puerta que va a dar a un pequeño espacio destinado a las personas con ese absurdo hábito de fumar. Jamás lo había observado dirigirse a ese espacio tan ajeno a sus costumbres. Algo me dice que, de un momento a otro, habrá de acontecer lo inevitable.

Ay, abuela, si vieras lo feo que es el doctor, pienso que ni a ti te gustaría, ni siquiera a ti que tanto decías amar a los hombres feos. Aunque a fin de cuentas todos sabíamos que mentías ¿Y si no porqué terminaste casada con aquel italiano que nada tenía que envidiar a “el David” de Miguel Ángel? Mi abuelo, sin embargo, no es ya, sino otro pez flotando en el agua como todos los demás recuerdos. No sé a qué se deba el hecho de insistir en observar la realidad de una manera liquida. A veces siento que todo el día lo pasara llorando y que mis lágrimas formaran una capa de agua sobre mis retinas. Al pensar en ello me digo que es tan absurdo como pretender ver a un suspiro integrarse con esa materia diminuta que nos rodea; ese vacío afilado que recorta cada objeto del mundo hasta configurarlo de unos límites precisos. La nada es la orilla de la vida. Puntos suspensivos que anuncian pero no revelan.

Al volver a ingresar por la puerta que conduce hacia el área de fumadores, lo primero que hace es dirigirse hasta el cuerpo inerte del conejo con el corazón partido en dos. Tal como el de mi abuela, luego de que el abuelo regresara a Italia, ese país que lo envolvió dentro de sus fronteras, aunque no tanto como las piernas delgadas de Isabela, aquella hermosa modelo francesa de mirada profunda y ojos azules como el mar del mediterráneo.

El doctor parece pensar en qué hacer con el cadáver del animal. Lo veo extraer un frasco de una de las gavetas ubicadas bajo su mesa de trabajo. Enseguida vierte formol dentro de éste, casi hasta llegar al borde, con un par de rápidos y precisos cortes, separó el corazón del resto de los órganos a los cuales se encontraba ligado por una serie de arterias. Lo observa, unos segundos, descansar sobre su mano. Finalmente decide depositarlo dentro del frasco con formol. Levanta la vista hacia el sitio donde yo me encuentro siguiendo cada uno de sus movimientos, Se enfila hacia mí. Intento desviar la mirada hacia cualquier otro lugar, para fingir que nada sé de sus actos, sin embargo, mis pobres esfuerzos resultan estériles. El agua donde flotan mis recuerdos me impide realizar cualquier clase de movimiento.

Él se detiene justo a un costado de donde me encuentro. Levanta su brazo que sostiene el corazón partido en dos del conejo, flotando en formol. Al hacerlo, alcanzo a percibir el temblor en su mano, lo cual termina provocando que yo caiga al suelo.

El ruido del cristal al estallar sobre el mosaico me crea la sensación de ser arrastrada por una ola que revienta contra la arena de una playa muy concurrida, los sonidos comienzan a multiplicarse alrededor, generando en mí, la impresión de recién estar despertando de un profundo sueño.

Mis recuerdos de sentirse aprisionados dentro de un rio de lágrimas muertas. El pleamar finalmente ha conseguido transgredir los límites de mi realidad cristalizada. Con movimientos torpes, el doctor me sostiene entre sus manos. Durante unos segundos se mantiene observándome. Y enseguida añade: <<Discúlpame, linda, fue un accidente>> Y, de inmediato, me deposita dentro del mismo frasco ene l cuál flota el corazón dual del conejo.

Mas ahora el recuerdo de esa palabra no la siento como otras más de esos peces que flotan en el agua. “Linda” es un recuerdo que se desliza por el aire. Un recuerdo pez que se va transformando en recuerdo-ave.

El corazón cae hasta el fondo del frasco, al detener su caída lo escucho lamentarse: <<Pom pom frappe mon coeur/ pom pom chaque fois plus chaleur.

 

11月21日

AMANECER EN SUBURBIA

                                                                                                                        

                                                                                     PARA CARMEN

 

 

I´m the son of rage and love

The Jesus of Suburbia

From the bible of  none of  the above

On a steady diet of soda pop and Ritalin..

Green Day,  Jesus of Suburbia

 

Perla duerme a mi lado. Ignoro por qué razón le gusta dormir siempre en el lado izquierdo de la cama. No recuerdo mucho de ayer, ni siquiera que ella hubiera pasado la noche aquí, por eso me sorprende verla, aunque no sea la primera vez. Sin embargo, algo me hace sospechar que hoy no es como todos los días, tal vez algo en su rostro, la forma de descansar la cabeza sobre su brazo, o esa intrusión en el aroma de su cuerpo. No lo sé.

En Suburbia los sentimientos se mueren antes de ver salir al sol, seguramente por eso no puedo decirle que la amo, aunque quisiera hacerlo, que al menos supiera eso antes de morir ella o yo, o por qué no, los dos de una vez. Seríamos algo así como una versión remasterizada: Romeo y Julieta S-XXI. No sé si a ella le gustaría mi historia, al menos sí sé que le encantaría escucharla, que por primera vez, desde que nos conocimos, en lugar de preguntarle: ¿Todavía hay cigarros? le dijera: Te quiero. Estoy seguro que le gustaría. Por desgracia en Suburbia no hacemos eso. No queda tiempo.

Luego de las noches que se queda a dormir aquí, mi amanecer es distinto: con más luz. A mí me gusta observarla mientras duerme porque, sólo entonces, es cuando puedo decirle todas esas cosas que en Suburbia no se dicen. Mostrar los sentimientos aquí es, ponerse uno mismo la soga al cuello.

No sé si en este lugar el sol sea distinto y por eso la piel se vuelve más dura, lo mismo el corazón y la mirada, y todo lo demás. Aunque la mirada no, ésa más bien es triste o, al menos, eso es lo que me ha dicho Perla tantas veces.

Ella dice esas cosas porque no es de aquí, así que ignora que en Suburbia la tristeza no existe, ni los “te quiero” ni los sentimientos.

<<Hay que ser duro o morir en el intento>> me dijo Saúl, mi mejor amigo, días antes de meterse un balazo en la cabeza, eso sucedió hace más de diez años. Entonces hubo junto con él muchos otros que tampoco lo lograron y terminaron lanzándose de puentes, abriéndose las venas, volcándose en algún auto, en fin, buscando una salida de esta tierra de Suburbia gobernada por la nada.

Por eso digo que Perla no sabe lo que dice cuando me pregunta si la quiero ¡Que va a saberlo! Si lo supiera sabría que el sólo hecho de confesarlo podría costarme la vida.

Ella sólo viene aquí escapando de la mirada protectora de su madre, anhela ser libre y no depender de nadie, dice. Pero yo pienso que si en verdad eso quiere, no vendría a pedirme que le diga que la quiero ¿para qué, si ella pretende ser libre? Y querer a alguien significa atarlo, aunque sea un poco. Eso tampoco se lo menciono porque sé qué sucedería: Se pondría furiosa y gritaría <<pues si tanto te cuesta decirme que me quieres, entonces voy a buscar quién sí pueda hacerlo>> Así que, entonces, yo podría responder que si en verdad eso desea, por qué no simplemente va a casa y escucha a su madre cuando le suelte el parlamento de madre abnegada, como cada vez que no llega a dormir a casa y, al volver, entre lágrimas, le pide que tenga un poco de consideración por ella, que si se preocupa es porque la quiere tanto o más que a su propia vida. Después ella, seguramente más furiosa aún, me gritaría: <<Muérete>> ¡Claro! como no sabe que precisamente  eso es lo que hago cada día. Por eso es que yo no digo nada y prefiero quedarme callado escuchando lo que dicen los demás, los que sí pueden decir “te quiero” con tanta facilidad como mascar un chicle. Seguramente es porque ellos no saben, al igual que Perla, que en Suburbia los sentimientos no existen, porque cuándo le brotan a alguien casi siempre le cuestan la vida. Decir aquí “te quiero”, es igual que quitarle el seguro al revolver, o descomponer los frenos del auto antes de salir a dar una vuelta, o mantener muy bien afilada la navaja de afeitar.

En ocasiones dice cosas así como <<yo no sé por qué te quiero tanto si no te lo mereces, jamás me dices que me quieres, ni tampoco entiendo lo que dices ni apruebo lo que haces, o quizá, me da miedo>>. Después me hace que le prometa cosas y más cosas. Son tantas las promesas que, al final del día, ya no recuerdo ni la mitad; hasta que, de pronto, en medio de la situación más absurda, como puede ser el estar desayunando, ella se levanta casi a punto de soltar el llanto, y dice <<no puede ser, no puede ser. Tú lo prometiste>>. Entonces yo no sé muy bien qué hacer, es decir, entre tantas promesas, incluso intento recordar si alguna vez le prometí no volver a comer o algo parecido. Pero no, ella me dice que la promesa que le hice fue <<dar las gracias por los alimentos recibidos>> Así que, entonces, yo le contesto que nunca he recibido nada de nadie, que aquella comida la tuve que comprar con mi dinero, e incluso cocinarla también, así que no veo por qué motivo tendría que agradecerle a alguien más por lo que sólo a mí me ha costado obtener.

Aunque al concluir el día todas esas cosas no importan, ya que, una vez dormida, entre sus sueños le plantaré miles de “te quieros”, para que cuando despierte estos le germinen y florezcan dentro de sus ojos, y cuando me miré, no pueda decir otra cosa que un “te quiero”, aunque ella misma no sepa por qué, por qué dice quererme tanto si yo no lo merezco. Entonces yo me río y le digo que está bien loca. Luego, ella intentará sacudirse los pétalos de los ojos sin saber que las semillas que sembré entre sus sueños mientras dormía, son más de mil. Ella no lo sabe pero en su mirada puedo ver todo aquello que en Suburbia está prohibido. Mientras ella se restriega los ojos como queriendo apagar un par de estrellas, yo le comento, en medio de una sonrisa, que su mirada en Suburbia es una fugitiva clandestina. Entonces se detiene y me mira, y dice <<el que está loco eres tú, por qué no dejas de lado la poesía y simplemente me dices que me quieres>>. Yo respondo que no, que eso nunca lo diría si es que quiero seguir con vida, no vivo, con vida nada más. Por último, ella me observa con ese su par de “te quieros” y me dice << ¿sabes?, eres el idiota más grande que conozco, sin embargo, no puedo decir otra cosa al verte que, te quiero>>.

Desnudos y abrazados nos miramos, ella parece querer ir más allá, como no lo consigue me pregunta << ¿qué haces para que te quiera tanto?>> Y yo, haciendo uso de la sabiduría popular, me río y le digo: cada quien cosecha lo que siembra. Entonces, imagino que ella intuye algo cuando con la punta de su nariz acaricia la mía y, en un susurro, dice << pinche loco>>

Y, eso, me hace recordar el día que nos conocimos.

…Un paréntesis (en) Suburbia… 

 

(Perla tiene veinticuatro años, es una joven poeta, un paréntesis en la ciudad que vive en casa de su madre. Un día se aventuró tres pasos más allá de la acera de su hogar y se extravió, cuando yo la encontré lloraba de de manera desconsolada, repitiendo incesante <<he perdido el camino a casa…he perdido el camino a casa… he perdido el camino a casa…”>> Me acerqué y le dije que yo no sabía a qué se refería cuando decía eso. Pero, si ella así lo deseaba, yo podría cuidar de ella y de su ciudad, construiría una fortaleza a su alrededor, para que nada ni nadie pudiera hacerle daño.

También le comenté que conocía los cuadros de Remedios Varo y que asistí a la última exposición de su obra armado con todo tipo de herramientas necesarias para analizar la construcción, ordenamiento y función de las murallas en torno a una ciudad, así que sabía muy bien cómo construir todo tipo de ciudades amuralladas, le platiqué sobre la forma de laberinto que debían tener, y que eso nos serviría para mantenernos a resguardo por un buen tiempo. El necesario para mostrarle esa ciudad oculta tras las murallas rojas del pecho. Perla, sonriendo, me dijo con la voz más dulce que hasta entonces había escuchado <<Estás bien pinche loco>> Intrigado, le pregunté si nos conocíamos de algún lado.

─Que yo sepa no ─dijo ella─ ¿por qué?

─Porque me parece que me conoces muy bien ─le contesté.

Desde entonces ya no preguntó por el camino a casa que había perdido cuando la encontré, simplemente me tomó del brazo y me pidió que nunca mas la dejara sola, que la llevara a vivir conmigo, que le enseñara qué significa estar vivo. Así fue como llegó por vez primera un paréntesis a Suburbia, era ya noche así que todos dormían.

Al amanecer, ya había comenzado a poner los cimientos de una nueva fortaleza. No entendí su cuestionamiento cuando me preguntó << ¿Nos volveremos a ver?>> Le respondí que como no quisiera tener por protección una muralla china en la primera jornada de su construcción, era inevitable y mi deber. Dibujó sus labios encima de los míos y salió. Yo la acompañe hasta los límites de Suburbia, quien pronto la adoptó sin mayores cuestionamientos.

Ella se puso feliz y quería conocerlo todo de inmediato, su historia, la longitud de su suelo, su flora y su fauna. Todo. Preguntó a quién pertenecía cada cosa, cuándo le dije que cada cosa era de todos, casi no podía creerlo. <<Es decir que comparten todo>> exclamó. No, le aclaré yo, lo que quiero decir es que todos quieren poseerlo todo, a tal punto que se matan el uno al otro por arrebatar lo que los demás tienen. <<Ah>> exclamó confundida y un poco avergonzada de su entusiasmo inicial << ¿Y tú, qué posees?>> me preguntó enseguida. A mí, yo sólo me poseo a mí mismo. No tengo nada más, ni quiero tenerlo. A decir verdad hace un tiempo tuve un sueño, pero se lo regalé a una mujer que padecía insomnio, desde entonces no he vuelto a soñar el mismo sueño. Todos los días al despertar me felicito por haberlo obsequiado, era demasiado extenso y me llevaba la noche entera repasarlo, ahora puedo soñar más de tres sueños alquilados, en una misma noche.

─Yo no he soñado desde que tenía cinco años─ dijo Perla─ Entonces solía soñar una jauría de lobos, sólo que a mis padres les molestaban tanto sus aullidos, que una noche me los espantaron cuándo estaban distraídos y jamás volvieron.

Yo le dije que no se preocupara que, por lo regular, los sueños de lobos siempre vuelven. Entonces, ella, mirándome fijamente a los ojos, me dijo que yo era el lobo más solo y triste que había conocido.

Por unos minutos ambos reímos como idiotas.

       

Suburbia city

 

Esta es una ciudad parecida a cualquier otra. Bueno, no exactamente así, es decir, más bien se asemeja al cinturón de cualquier otra ciudad, Suburbia es la muralla que se encarga de enfrentar y detener al enemigo, es quién recibe los golpes dirigidos contra la ciudad que envuelve. A veces se envalentona y corre con un palo o lo que sea, directamente contra las balas y cuchillas; es quién siempre debe dar la cara ante las amenazas de cualquier tipo.

Hay los que aseguran que Suburbia es la parte de la ciudad que no vale lo mismo porque está conformada por un montón de piedras, cuyo único valor reside en lo fuerte con que pueda ser capaz de golpear contra el fantasma de la muerte. Si un día desapareciera está parte de la ciudad, seguramente nadie lo notaría, ni siquiera la amargura que puebla este lugar, ni siquiera ella; hasta el día que, harta ya, decida poner punto final a su eterna pesadilla, la cual parece no tener un fin.

Al observar esta mañana a Perla durmiendo en el lado derecho de mi cama, algo me dice que la pesadilla infinita de esta ciudad la ha venido a visitar finalmente esta noche. Aquí todo el mundo sabe lo que representa “mirar la pesadilla a los ojos” ese momento jamás se olvida, es un separador de la vida, un antes y un después. Quien ingrese en medio del sueño difícilmente volverá a ver la luz, porque la noche se alarga de una forma extraña haciendo más terrible tanta oscuridad, como si un velo de seda negro se tendiera frente a los ojos, empañando un mundo frente a nosotros.

Perla abrirá sus ojos y me mirará con una mirada nueva. No dirá nada. No veré yo nada en ellos. Comentará simplemente que la noche ha sido muy larga, que se siente profundamente cansada, que se marcha a casa. Entonces, yo sabré bien lo que pasa, aunque ella no lo diga.

Sé que a partir de esta mañana todo será distinto porque anoche olvidé sembrar entre sus sueños y, además, se encuentra recostada a la derecha. Temo que al despertar sus ojos vean la tristeza que desde siempre envuelve a Suburbia, esa soledad que acompaña a todos los que mueren en este lugar, y que besan o matan sin comprender muy bien qué diferencia media entre las dos acciones. Miro su rostro, lo miro sin poder reconocerlo, algo en el me dice adiós sin siquiera abrir los ojos, o es que uno se acostumbra demasiado a los rostros de la noche anterior, al menos yo. Esta mañana es como si su rostro se hubiese marchado antes que el resto de su cuerpo. Todo ha cambiado, los detalles son nuevos, sólo la pesadilla continúa revelándole a Perla, entre sueños, que la vida es un morir muy lento, especialmente en Suburbia a las cinco de la mañana.

6月25日

EL HOMBRE DE ARENA

La siguiente narración forma parte de un libro de cuentos titulado "Sinfonía para un planeta azul"

                                          

 

Esa noche no parecía distinta a las demás, sobre todo de los últimos años. El cielo continuaba allí arriba sin dibujarle esperanza alguna, sólo aquel dolor punzante sobre su costado, persistía, negándole la posibilidad de un andar libre y despreocupado, como seguramente lo fue en su  infancia. La  soledad adherida a su cuerpo como piel verdadera, lo acostumbró al dolor insistente, imperceptible para los demás, excepto para él que debía padecerlo en silencio, nunca aprendió las palabras necesarias para nombrar aquella sombra insatisfecha observando el mundo a través de su propia mirada, esa compañía a perpetuidad, lo más terrible ya no fue la angustia sino la soledad siguiéndole a todas partes.

Dejó escapar una inmensa cantidad de noches pensando cómo desasirse de aquel castigo inmerecido. Por la mañana, lo primero en aparecer frente a sus ojos era la mirada hueca del vacío, podía sentir cómo la pesadilla recién comenzaba. Muchas ocasiones pensó en la muerte, le parecía tan dulce, tan gratificante comparada con aquel sufrimiento insolente, le pidió un abrazo con lágrimas en sus ojos pero ni la muerte parecía comprenderlo, pensó si aún el peor de los hombres merecía una condena así, ¿acaso sería él mismo el peor de los hombres?

 

Sus noches cambiaron, ya no se preguntó el por qué del castigo, comenzó a cuestionarse si en verdad lo merecía, caviló, se sintió satisfecho como una criatura que ha aprendido a dar un primer paso. Por primera vez en mucho tiempo se sintió orgulloso de sí, decidió salir a caminar, conversó con la oscuridad, se emborrachó con la noche e hizo el amor con su soledad, confuso se sintió despertar de un sueño, caminó y caminó, no podía dejar de hacerlo, pensaba que al detenerse volvería a ser el mismo sin-sentido de cada noche, cada día, cada segundo anterior. La oscuridad profunda de la noche le anunció su separación de aquella ciudad, su prisión, no podía parar, sólo la autopista fue capaz de marcarle un alto obligado, decidió acompañarla.

A un costado de la carretera reanudó su marcha. Pasaron las horas, lentas, como distraídas ante la figura innecesaria que parecía ir tras ellas, le esperaban cuando sus pasos acortaban el compás de su búsqueda absurda en medio de la nada. Los autos le adelantaban sin notar la sonrisa extraña sobre su rostro o el hilillo de sudor surcándole el cuerpo como lágrimas, él sintió que así era, que el cuerpo entero lloraba de felicidad, menos sus ojos, sus ojos tan semejantes a un pozo de agua seco donde sólo el polvo se asienta, secando la vida, anunciando la muerte, su llegada.

 

El anciano se sintió conmovido ante aquella figura demacrada y solitaria en medio de la noche, detuvo el auto al lado de Alaín, le convidó a subir, éste subió al auto sin mediar palabra, el anciano inició una charla como por descuido intentando no parecer un entrometido.

 

¿A dónde se dirige, joven? preguntó, mirándolo con genuina curiosidad.

No lo sé. Le respondió Alaín sin dejar de mirar al frente.

¿Sucedió algo malo?, inquirió el viejo.

...¿Algo malo?...¿Algo malo?... Repitió un par de veces Alaín embelesándose en la frase.

¿Se encuentra bien, joven? ¿Puedo ayudarlo en algo?

 

Alaín se mantuvo en silencio, observando siempre el camino con un extraño temor de perderlo de vista, temeroso de perderse a sí mismo en cualquier espacio de la carretera. De pronto, se sintió despertando de un sueño, volvió la mirada sobre el anciano, lo observó como si fuese la primera vez que miraba un cuerpo encogiéndose por el uso a lo largo de los años, como si por primera vez en su vida observara a un viejo, debió parecerle cómico por alguna razón, soltó la estruendosa carcajada. El anciano se limitó a observarlo sin mostrar ninguna variación sobre su semblante. Ambos se sumieron en un extraño mutismo, no uno de esos silencios incómodos, sino uno en donde parecían conversar a través del latido de su corazón.

Fue el anciano quién pronunció las primeras palabras, la frase completa, redonda, casi perfecta. Así lo pensó entonces Alaín.

 

Llevo años buscando la muerte como quién se sabe huérfano desde el vientre. Alaín sintió a su voz hablándole desde el exterior. Sonrió al vacío. Sintió un lazo uniéndole al viejo sentado junto a él. 

¿Quién es usted? preguntó Alaín, aun sin convencerse del todo de no ser aquello uno de sus engañosos delirios.

¡Vaya, joven! exclamó el anciano, usted si que no pierde el tiempo, miré qué preguntas hace, si yo pudiera responder esa pregunta dejaría de ser quién soy.

¿Qué hace a un hombre ser lo que es? cuestionó al anciano . ¿Cómo puedo yo ser más de lo que soy?, ¡dígame si lo sabe!, ¡dígamelo, por favor!, ¡dígame cómo curarme de este vacío a mi alrededor!, ¡por favor, dígamelo!

 

El anciano detuvo el auto en una lateral de la carretera, sobre una cuesta, desde donde se podían admirar las luces de una urbe dormida. La noche cobijaba a la ciudad de Utopía con la inocencia de los impulsos inconscientes, los grillos apuraron el ritmo de su sinfonía, toda criatura resintió aquella presencia sacudiéndose entre los sueños ¿quién rompió la noche?, ¿quién se desprendió de su absurda existencia para buscar una respuesta?. El auto resoplaba como quién da sus últimos estertores. Utopía mantenía sus ojos iluminados, mirando hacía el cielo infinito. La pregunta estaba abierta intentando asirse del vacío. Alaín se vio frente sí mismo, mientras el anciano descubría su propio reflejo en Alaín, sólo una interrogante tendida entre ambos les impedía fusionarse en uno. El anciano recordó la cuestión, su misma duda nacida hacía tanto tiempo... y olvidada... y nunca respondida... abierta. ¿Quién intuyó primero la imposible solución?

 

En los diarios locales de Utopía, apareció una nota anunciando el terrible accidente: Un anciano perdió la vida al desbarrancarse el vehículo en el que viajaba, justo en las inmediaciones de la ciudad, muy cerca del mirador, se sospecha que la tragedia se debió a problemas mecánicos con los frenos del automóvil.

 

Alaín nunca se enteró de la noticia, en el hospital psiquiátrico no era permitida la lectura de los diarios. Lo último en su memoria era el momento en que, no soportando más el peso de la desesperación decidió poner fin a la angustia. Luego de ingresar a la ciudad de Utopía, recorrió sus calles, todo le resultaba familiar, aunque aquella era su primera visita, encontró una plaza con el jardín más fantástico que alguna vez hubiese siquiera imaginado, se sentó en una de las bancas, entonces se sintió en casa, se despojó del collar con la pequeña placa rectangular de acero que siempre pendía de su cuello, uno de sus extremos afilados le dio la herramienta necesaria, dos rápidos tajos sobre las muñecas bastaron, el resto era cuestión de tiempo.

Un aliento tibio le fue cubriendo el cuerpo. Recordó las tardes de invierno en su infancia, cuando volvía a casa después de jugar con sus vecinos en el parque; aquellos días en que la nieve caía del cielo cada invierno y que, además, su padre le había enseñado a contemplar casi, como un acto de magia, regresar a casa con el cuerpo tiritando de frío y correr a refugiarse bajo las frazadas, sentir el mismo calor que, ahora, hacía sentir a su cuerpo etéreo. La mirada comenzaba a nublársele, en ese momento un extraño descubrió aquel cuerpo sentado en una banca en medio del jardín, con la sangre brotándole de las heridas como un río que se aleja en busca del mar. Luego todo fue confusión, voces emergiendo de todas partes, gritos de alarma, confusión y caos.

 

Finalmente, llegó a este lugar que no le desagrada del todo, es decir, ahí cada objeto parece estar en su lugar; ese orden que descubre por primera vez, la excelente compostura de los internos cuando no sufren de algún tipo de crisis nerviosa, le resulta infinitamente agradable. El ritual es la base para mantener el orden, supo entonces que la pregunta ha sido contestada, se alista como un elemento más del ritual. Se dedica con ahínco a mirar películas de locos, desea con sinceridad ser un digno representante de su papel. La pregunta se ha cerrado. Ya no le importa quién es, porque cuando se es un demente con principios esas cosas son irrelevantes, es cierto que la angustia no desaparece, sin embargo, los motivos son otros, menos letales, como el que alguien cambie el canal del televisor de manera sorpresiva, o el no recibir medicamento a la hora prescrita, en fin, impulsos capaces de ser anulados con una cápsula de felicidad y media tableta de bienestar.  

 

Por primera vez en mucho tiempo, esta noche no tiene que discutir con el anciano que de alguna manera siempre lo encontraba para llevarlo a visitar la ciudad de Utopía, la ciudad que lo vio nacer. Se siente liberado en su recién adquirida locura. Sin embargo, de haber leído la noticia en los diarios ¿qué habría sucedido?                                                                                                                            

 

5月10日

DETRÁS DE LOS PÁRPADOS LA MUERTE PUEDE BAILAR

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Hay días en que no quisiera despertar. Me escondo detrás de los párpados e intento dar marcha atrás, pero el sueño se me niega como una mujer encaprichada. Intento entonces ocultarme bajo las sábanas, fingiendo hundirme en la noche; cuento borregos, tomo diazepan. Nada.

La gente camina por las calles en medio de una marea de murmullos, los motores de los autos bufan igual que toros preparados para embestir, la radio del vecino reproduce la canción de moda. Ruido. Caos. Desesperación.

 

Pasa el tiempo, yo sigo aquí, aunque no sé si despierto o dormido. Los párpados se me borran, ingreso en una pesadilla delirante. Camino entre un mar de gente. Todos pasan sin mirar a nadie, como cuidándose de la pistola oculta entre las ropas de aquel que se acerca demasiado, cualquiera puede ser el asesino, o un ladrón esperando el momento exacto para arrancar el bolso de la mano. Nadie se fía de nadie. Observo. Continúo caminando.

No puedo distraerme, pensar un par de segundos en la mujer amada podría significar ser despojado de las pocas pertenencias, incluso de la vida. Morir de amor no tiene sentido, sería algo demasiado estúpido.

Observo alrededor, miradas expectantes; músculos tensos; respiración agitada; pasos apresurados que no llevan a ninguna parte. Todos dicen que la única seguridad es la muerte;  sin embargo, todos viven temiendo al que se acerque demasiado. Ignorando que en la oscuridad se puede aprender a caminar como los gatos. Detrás de mis párpados el mundo discurre lento, haciéndome sentir más seguro, tengo paz. Detrás de mis párpados la muerte puede bailar. 

 

Mil sonidos van emergiendo desde las entrañas de la ciudad que, al fundirse, crean un lamento agónico, una postal de la locura cotidiana. Mientras camino sintiendo a mis pies hundirse a cada paso, hasta tocar la raíz del miedo. Entonces comprendo que el temor es de todos.

Las sirenas de las patrullas y las ambulancias se unen en una sinfonía trágica, haciéndome recordar el engaño perpetrado sobre Ulises. Intento cubrir mis oídos utilizando mis manos como párpados sobre mi cabeza. No puedo. No debo. El canto de las sirenas me hipnotiza, debo romper su hechizo; intento centrar mi atención en algo. Trato de enlistar las categorías de Aristóteles: Sustancia, Cantidad, Cualidad, Relación, Lugar... pienso en la destreza de los antiguos para profundizar en la realidad... Tiempo... no puedo dejar de sentir admiración y envidia al pensar en la tranquilidad y silencio de sus ciudades, en su reflexión a conciencia... Situación... pienso en Sócrates, caminando despreocupadamente por el centro de Atenas buscando a quién sumir en la ironía, en su no-saber... Estado... pienso en el primer filósofo caminando absorto en sus pensamientos... Acción... lo imagino caer en un hoyo a mitad del camino, por no mirar el piso que lo sostiene... Pasión...

De pronto me siento a mí mismo golpeando contra un cuerpo ¿Acaso es la señal? El tipo se vuelve contra mí, arremete con insultos: “¿fíjate pendejo, estás ciego o qué?". Intento ofrecer una disculpa. El tipo sólo me muestra su dedo grosero, al mismo tiempo que se aleja. Continúo caminando.

 

Me entretengo observando una horda de niños en un callejón, escucho sus risas entremezclarse con los ladridos de un perro; alcanzo a distinguir el cuerpo inconsciente de un anciano contra el cual los niños se divierten lanzando piedras. El perro, al parecer, intenta defender al anciano de la agresión, es en vano, los niños no parecen amedrentarse ante sus ladridos, por lo contrario, arremeten también en su contra.

Una roca hace estallar la cabeza, la sangre se desliza, la observo caer como una cascada hermosa sobre los párpados del viejo, los mismos que se inundan hasta formar un diminuto lago de agua roja, espesa, excitante. Los niños festejan intensificando el ataque, sin embargo, pronto parecen aburrirse del anciano maltrecho y concentran su agresión en contra del animal, éste sale huyendo del lugar perseguido por la turba de psicópatas. Se pierden al otro extremo del callejón. Continúo caminando.

 

Calles: laberintos sin destino. ¿Acaso sólo seamos una multitud de ratones buscando una salida o un trozo de queso?  ¿Quién juega con nosotros de esa manera? Me olvido del queso, no me importa, lo que busco es una salida, la busco en ese Otro disfrazado entre las sombras, espero que hoy sea el último día de la espera, camino buscando una señal. Luego de deambular un rato encuentro el cadáver del perro, una pesada piedra se ha bañado con su sangre, el peso inconsciente le ha abierto el cráneo, veo expuesta sobre la acera aquella masa gris de su materia encefálica, escucho sus latidos sordos, cierro sus párpados clausurándolos a la vida, huelo la muerte que ronda demasiado cerca; saboreo un final aproximándose. La gente pasa a su lado sin prestar demasiada atención, molesta por lo inconveniente de su muerte, por el estorbo en su camino. Continúo caminando.

 

Encuentro una pequeña aglomeración de personas en torno a una voz exaltando la fraternidad, habla acerca de alguien que derramó su sangre por ti, por mí, por todos. Habla del sufrimiento y el amor, amenaza a aquellos que no han aprendido a respetar a sus hermanos: Él vendrá ―dice la voz, resaltando sus palabras con el dedo índice en lo alto―, y te pedirá cuenta de tus actos, comienza a sentir temor ―continúa clamando― tú que nunca te has detenido a extenderle la mano a tu hermano, tú que no intentas comprender a los demás, sino que esperas que ellos sean quienes te comprendan a ti. Por un momento me convenzo de haber encontrado la señal. Empiezo a acercarme hacia la voz, me voy abriendo paso entre la gente, deseo con ansia estar lo más cerca posible del portador de ese mensaje. Mientras avanzo voy dibujando en mi mente un rostro lleno de bondad, un cuerpo penetrado por lo divino, la figura armoniosa de un santo sin duda.

 

Pronto consigo acercarme lo suficiente, quedo atónito al descubrir al portador de aquella voz, se trata del tipo que, tiempo atrás, me ha pintado “dedo”. Antes siquiera de sentirme decepcionado, un grito histérico estalla entre la multitud:  “agárrenlo, deténganlo, es un ratero, se lleva mi bolso”. La gente se limita a observar a la mujer, me recuerda a los despojos del animal. Se destapa mi imaginación; la observo extendida sobre la acera, los sesos extendiéndose lentamente, sus gritos sordos, el cráneo destrozado. Nadie hace nada. Me detengo. Estoy harto, y me niego a continuar.

 

Me busco los párpados con la punta de mis dedos...

 

¡¡¡NO EXISTEN PÁRPADOS SOBRE MIS OJOS!!!

 

Me aterra el pensar un sueño sin oscuridad, un día eterno, la luz filtrándose por cada resquicio, la mirada observando la miseria infinita de la tierra, sin poder hacer nada ¿Acaso es tan difícil lo que pido? Sólo quiero que se larguen todos, que apaguen la luz, que se cierren mis párpados, que me dejen dormir.

11月26日

aforismos para la sobremesa

 

 

 

EL PORQUÉ NO ME GUSTAN LOS ESPEJOS.
Cada vez que miro alguno, el loco sigue ahí.
***
ACERCA DE LOS IDEALISTAS.
Cuando alguien muere por una idea no siempre es un “hombre de ideas”.
Casi siempre es alguien que jamás tuvo una sola, o
era la única que tenía
***
Cada vez que rompo una relación sentimental y me siento hecho una mierda,
lo que me da fuerzas para continuar es
la firme convicción de haber hecho un bien a la humanidad:
ANULANDO UNA OPORTUNIDAD DE REPRODUCIRME.
***
SOBRE LA DEMOCRACIA
En este país la única democracia que se consolida
a pasos agigantados, día tras día, es la estupidez.
***
DEL ENCANTO DE LA MUJER.
La belleza de la mujer es como el beso de Judas.
Mortal, pero necesario.
***
LA MAYOR APORTACIÓN DE LA IGLESIA.
La Iglesia es la escuela donde se han formado
los mejores ilusionistas de la historia.
***
El trabajo es el mejor subterfugio
para evadir nuestra condena a la libertad.
NO TRABAJO PORQUÉ SOY LIBRE, NO POR SER HOLGAZAN.
***
MI MAYOR MUESTRA DE RESPETO A UNA MUJER:
Ignorarla.
***
GRANDES OBRAS MONUMENTALMENTE IGNORADAS.
Muchas obras realmente importantes fueron ignoradas en su época,
Mi aliciente: nada de lo que escribo le importa a nadie.
***
  NECESIDAD DE CULPABLES.
La enemistad es el resultado de buscar culpables a nuestros errores.
El primero fue dios con el diablo.
Así, se creó la venganza, el odio y la guerra.
¿Acaso es culpa nuestra haber sido creados a imagen y semejanza de un dios enemistado?
¡Salud! Encontré a quién culpar por mis errores.
***
ESCASEZ DE IDEAS.
En una época las ideas brotaron de los hombres como hierba silvestre.
Flotaban por el aire adhiriéndose a la mente de los hombres.
Hoy la relación se ha invertido, siendo el hombre quién se adhiere a unas pocas
como larva parasitaria.
***
IMITADORES DE DIOS.
La mujer imita a dios a través del sexo: concibe hijos.
El hombre lo imita por medio de la mente: concibe ideas.
***
LA OMNISAPIENCIA DE LA TELEVISIÓN
Los medios de comunicación son tan poderosos e infalibles
que la información llega a preceder muchas veces a los acontecimientos.
 
 
 
  
9月10日

NOCTURNO A UNA NOCHE SIN FIN

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VIENE A MÍ COMO UNA CORRIENTE DE AIRE FRÍO, COLÁNDOSE EN SILENCIO por la ventana que olvide cerrar, al notar su presencia mis párpados se niegan a caer. Me incorporo, busco por todas partes, entre las sábanas y bajo la almohada, sobre los estantes y entre los libros; en medio de mis sueños perdidos y abajo de la cama, por todos lados busco, intento convencerme del engaño metiéndome otra vez bajo las mantas, las subo hasta cubrirme por completo. De alguna manera quiero escapar, ocultarme para no saber de nada; sólo que, al hacerlo, escucho una voz cantando y, al no poder resistir su hechizo, vuelvo a ponerme en pie para buscar, para saber si en verdad está aquí. No basta con el simple sonido de la voz para convencerte de echar la vista atrás, o negar al sueño su parte en esta historia. Y, sin embargo así es, porque estando aquí lo llena todo: El tiempo perdido, los espacios vacíos, la importancia del viento, lo que queda por vivir. Uno a uno los minutos discurriendo, mientras me entretengo pensando, ¿cómo poder llegar?

 

Fue la primera llamada de la voz discreta colándose por la ventana, antes de caer  sin sueño. ¿De dónde viene y, por qué a mí? Pregunto esto porque yo nunca lo busqué, aunque no me sorprende que otros lo hagan, si cuando la supe por primera vez me rendí ante él, o a pesar de él, porque aun sabiendo que está aquí, igual lo buscaría en todos lados, como si no estuviera desde siempre. Incluso antes de comenzar el día.

 

El reposo, ya no es lo mismo que cuando sólo tenía que cerrar los ojos para convencerme a mí mismo de que no estaba, aquí o allá, lo mismo da, porque enseguida todo se transforma en pesadillas que me sofocan y me hacen temblar...

 

El claustro donde Sor Juana tejió ideas con cintas multicolores hasta formar un verso, y otro, y otro más. Me pregunto si eres la tinta adecuada para escribir mis confesiones. Alma buscarte has en Mí, Y a Mí buscarte has en ti. Pocas confesiones de enorme peso cayendo encima de las pestañas por ver más lejos. Observo a Agustín de Hipona preñar una mujer negra a las puertas del obispado; y, a Francisco de Asís eternamente seducido por ella, y Clara por él, el hermano lobo entre ambos, y la hermana muerte a su lado. Santa Teresa pidiendo Muerte(...) no te tardes, que te esperoy mátenme porque me muero, porque si “A mis soledades voy. De mis soledades vengo. (...) para andar conmigo, me bastan mis pensamientos que no deseo seguir viviendo así,  “que muero porque no muero”.

 

No muero, no duermo ni nada de nada, porque sigo aquí con los ojos abiertos, mirando esta tela delgada donde pasean tantos pensamientos sueltos, igual que si sueños fueran y, allí mismo, sin mas, se quedaran, siendo sólo un viento que a nadie importa de dónde viene o hacía dónde va.

 

... cuando el alma derrumba la mente, y se convierte en el fardo que impide dar un paso atrás, porque bien es cierto que quien demasiada alma lleva, vive prisionero de su propio cuerpo. Intento cerrar los ojos hasta oscurecer el pensamiento, dejar de pensar y tergiversar las cosas. Aunque, en cierto punto, llegan las cosas a no ser lo uno ni lo otro; es decir, ni ciertas ni falsas, porque la realidad del mundo se compone con palabras, o números o notas musicales, pero nunca con las cosas mismas ¿Será que esto es sólo un cementerio?... ¿Será que la vida está en otra parte?... ¿En dónde?... ¿En dónde más allá de aquello que percibo con todos mis sentidos?

 

Comienzo a sentir la levedad de esta noche como la corona de espinas sobre un dios crucificado. Sí, aquella que tantas veces intenté hurtar de la parroquia sin dueño. Sí, sin dueño, porque la casa de dios no tiene dueño, ni dios verdadero de dios creado. Ni nada de nada, y ahí se va.

Todo el asunto incompleto de las palabras enroscadas formando historias, confesiones, pensamientos; y todo lo demás. Me calzo los zapatos para esperarte. Y, aunque intento que no sea así, me sigo sintiendo un perro con la esperanza del hueso que no termina de llegar ¿Para qué tanto juego? ¡Vamos, arrójalo y ya! 

Ladrando en la oscuridad la realidad es otra, menos roja y más espesa, como una noche sin piedad. Pero, ¿piedad de qué? Tú lo sabes mejor que yo.

El asunto continúa, más o menos, así: Ojos inyectados de sangre; una cama con sábanas limpias; dos paredes transpirando humedad; pensamientos imitando un juego de azar; la imagen de tu rostro, y un día que no puede terminar.

 

La ventana continúa abierta. Un viento gélido entra en la habitación dando vueltas como rueda de la fortuna, su presencia me impide llegar más lejos de la puerta azul, porque tengo la seguridad de no querer hablar con ella, ni verla, ni saber cómo está. No me importa un carajo si, viva o muerta, viene de noche a recitar una letanía. Es cierto que no la busco ¿para qué iba yo a buscarla?.

 

Enfoco la vista a un costado y me topo de frente con la pila de libros sin leer, con sus páginas abiertas suspendidas entre signos de interrogación y subrayados de tres de cada cinco líneas por página; historias sostenidas en una continuación que no consigue avanzar y se mantiene en pausa. Nunca sé qué ocurrirá posteriormente, y eso me provoca inquietud, una angustia asolada por ruidos nocturnos más profundos que la algarabía de la mañana, cada vez que entra el viento por la ventana abierta que olvide cerrar antes de ir a la cama. Mi mente se centra en los asuntos pendientes que han quedado en el tintero una vez más, como siempre que sale el sol. Pienso en la cuestión del tiempo perdido, y, en cómo es posible perder aquello que nunca se tuvo, por que, a ver, dígame alguien ¿Quién alguna vez lo ha tenido? Si el tiempo es el dueño, y no el siervo de nadie. Pienso, además, en la vanidad del hombre que busca recuperar aquello de lo cual jamás fue dueño. También me preocupan los espacios vacíos que todos temen, porque en su soledad llenan de incertidumbre la continuidad de una historia. Hay quien dice que tal cosa no existe, que todo está lleno; que el determinismo hace ser lo que será y no existe otra manera. De ser cierto lo que dicen, lo único viable sería hacer del libre albedrío un pequeño rollo para guardárselo cada cual en donde pueda. Que sí, que la historia se acabó. Pero, cómo puede ser eso, si cada día yo le añado tres líneas y, por más que le sumo, no le encuentro el final.

 

Observo las dos paredes transpirando humedad, de donde pende el cuadro de una mujer desnuda, custodiada por un sol geométrico que no parece ayudar. Lo sé, porque su mirada es triste y la noche viene hacía ella. A veces temo que se desborde de la pintura hasta caerme encima y, entre la noche, no sepa ni qué es lo que veo; y suponga que la historia ha terminado. Entonces, por no sé qué motivo, suponga que lo importante no tiene importancia, y comenté entre dientes que lo importante del viento es saber de dónde viene, o que alguien responda que no, que lo importante del viento es saber a dónde va. Yo pienso que la importancia del viento es que el viento es viento y que existe porque aquí está, aún cuando no lo vemos, porque esperar lo inesperado es hasta hoy, la única esperanza. Lo que queda por vivir es una continuación que nadie sabe. El tiempo avanza más rápido que la mente sin dejar espacios vacíos, ni dar importancia a lo que no lo tiene. Y yo aquí preguntando: ¿cómo poder llegar?

 

 

¿Qué podría ser más importante para conciliar el sueño, que un par de sábanas blancas donde reposar de una noche demasiado larga, extendiéndose más allá de sus confines?. ¿Mantener la ventana siempre abierta?, ¿ Los hilillos de sangre en la mirada? Buscar entre los recuerdos cuál sea la importancia del viento, como si fuese el reflejo de esa humedad en las paredes, las cuales sostienen una mujer que observa un sol geométrico y no me dice nada. Ella desvía el azul de su mirada en ondulaciones continuas como las de las olas del mar, hasta un tiempo sin dueño que muere sin haber nacido nunca. El tiempo son sólo seis letras, o la secuencia del 0 al 10; o el espacio vacío entre un silencio y un sonido, y sólo eso, sólo eso es.

Lo importante sería poder acabar la historia para que las cosas vuelvan a estar en su lugar, quietas, sin moverse en todas direcciones por la habitación. Incluso, hay momentos en los cuales ya no sé ni quién soy yo, me vuelvo de una pared a otra deseando encontrar mi lugar, en el que pueda ser yo mismo como todos los días. Pero, si giro a la derecha el mundo es triste, y por el muro se filtra el llanto, o la lámpara hace guiños obscenos a la colección de “grandes obras del pensamiento contemporáneo”, o mi mano se extiende hasta el sitio de honor de Dostoyevski. Por desgracia nada de ello me sirve para alcanzar lo que quisiera. La mente se me resbala entre las almohadas para acompañar al silbido innecesario del tren de medianoche, e imagino los lugares a los que habrá de ir. Los rieles serpenteando entre montañas que cambian de forma y tamaño según la posición en que se miren. Recuerdo, también, los cactus y palmeras a un lado de la vía. De noche pareciera que corren a un costado del tren como jinetes del viejo oeste; o eso pensaba cuando niño, mientras los observaba desde el interior de los vagones. Poco a poco, el tren avanza hasta perderse en la noche y yo regreso otra vez aquí, a esta posición incomoda que parece ser cualquiera siempre que la noche sea una noche muy larga.

 

Me vuelvo a girar, esta vez hacía la izquierda. Entonces el muro parece sudar de espanto, mi rostro casi pegado a él, se inquieta ante la falta de espacio y, en medio de esa oscuridad que pareciera concentrarse en los rincones más pequeños, el viento se cuela y me despabila cuando entra por la ventana abierta. No sé dónde estoy. Las cosas ya no son como antes ¿por qué no se quedaran quietas? 

 

Desearía dormir para que el mundo se quedara estático, para que las cosas dejaran de moverse. Y, es que uno no sabe lo que es el sueño, hasta el día que lo pierde, sólo entonces se da cuenta que el mundo que creía inamovible, luego de muchos años de estarse repitiendo “las cosas son tal y como son”; se mueve, cambia de lugar cuando has quedado afuera y no te deja entrar.

 

Los minutos penden del techo como estalactitas petrificadas que no terminan nunca de caerte encima. Tú los puedes ver ahí, pendiendo sobre tu mirada como una noche demasiado larga, que no consigue avanzar más allá de las 12:01 p.m. Escucho el golpeteo de unos tacones afuera, fragmentos de un poema, el pack pack de una máquina infernal, la última canción de Nine inch nails. No sé que quisiera más, si descubrir de dónde vienen todos esos sonidos, o hacía dónde van.

 

Me preocupa el tiempo, sobre todo, a eso de las tres de la madrugada cuando la luz desciende a su nivel más bajo, y yo continúo sin poder dormir aun. Sin embargo, aún está tan lejos esa hora que casi ni siquiera me preocupa ahora. He llegado a pensar que, tal vez, sólo se trate de una invención mía y el día se suspenda a eso de las 12:15 o 12 y media, para poder dormir, para dejar de pensar, y ser sólo una masa inerte como suspendida en la oscuridad. Aunque, al mismo tiempo, más conciente que cuando despierta, y no sabe en dónde está. Y entonces tienes que restregar tus ojos para ubicar cada cosa en el mundo, cada cual en su lugar.

Los segundos avanzan lentos, tan lentos que me hacen suponer que podría pensar en una sola noche, mi vida entera; repasar los detalles uno a uno, hasta quedar convencido de no haber dejado espacios vacíos. Y ya luego, no sé, planificar incluso lo que queda por vivir. Si tan sólo supiera dónde se esconde el sueño, entonces, quizá sabría también cómo poder llegar.