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12月31日 LOS RECUERDOS SON PECES QUE FLOTAN EN EL AGUA
PARA: MIMI
Llevo tanto tiempo observando todo alrededor que he terminado por acostumbrarme a llevar un registro de hasta el más mínimo detalle. Analizo cada movimiento como si por primera vez consintiera que algo puede cambiar de posición. Fue por eso que hoy pude percibir ese sorpresivo cambio en el comportamiento del doctor Klaus. Lo delató esa reticencia a mirarme. Normalmente el tiene la costumbre de saludarme siempre, una vez que arriba al laboratorio. Incluso, suele acercarse hasta mi puesto para dedicarme un guiño de ojo y ofrecerme los buenos días. No siempre pero, algunas veces, acostumbra agregar un calificativo al término de la frase, tal como: muñeca, linda o guapa. No sé si él ha sido capaz alguna vez de notar mi rubor, al menos, nunca ha hecho el menor comentario al respecto, únicamente sonríe de una manera discreta y, de inmediato, se aleja a su mesa de trabajo. A pesar de mi notable turbación, yo soy incapaz de dejar de mirarlo, a no ser en las contadas ocasiones en que él tiene que abandonar su espacio de trabajo para dirigirse a algún sitio fuera de mi campo de visión. Entonces me dedico a contemplar sus avances sobre cualquier tipo de investigación que se encuentre realizando. Su campo de indagación predilecto ha sido siempre, todo aquello relacionado, de algún modo, con el corazón. Su última investigación, por ejemplo, consiste en analizar el proceso, mediante el cual, la combinación de potasio y sodio, imprimen ese ritmo tan característico al latido del corazón. Para ello, yo había tenido la oportunidad de observar a media docena de conejos con el pecho a corazón abierto, diseccionados de una manera realmente fina, sobre su mesa de trabajo. Yo no podía sino permanecer como hipnotizada ante la contemplación de aquella sístole-diástole; lo imaginaba como la paráfrasis de un globo resistiéndose a recibir mas que una cierta cantidad de aire, en su interior, temeroso de que en un determinado momento de exaltación, un mínimo de oxigeno lo provoque estallar, hasta dejar restos de él esparcidos por todos lados. Aún no consideraba los afilados bordes del azar, atentos a cualquier descuido para asestar el tajo definitivo. Con el transcurso del tiempo fui testigo mudo de aquellas quirúrgicas disecciones que pronto fueron fomentando en mí, la convicción de que la mirada guarda un tipo de relación muy especial con el corazón. Hubo varias ocasiones que, al encontrarme observando primero aquellos corazones latir de una manera cada vez más acelerada y, posteriormente centrar mi atención en sus ojos, solía llegar hasta mí, en forma de recuerdo, un verso de un poema: Pom, pom frappe mon coeur/ Pom, pom chaque fois plus chaleur, que se repetía como el mismo latido. Más, sin embargo, esto no me lo decía su corazón latiendo impúdicamente a la vista de cualquiera, sino sus ojos, aquellos ojos tan cristalinos como el agua dulce del río donde solía bañarme de pequeña, en la hacienda de mi familia, en ese espacio apacible donde transcurrió la mayor parte de mi infancia; entre ríos que, sobre sus superficie reflejaban el paso del tiempo: el sol durante el día, la luna y las estrellas, al anochecer. Desde entonces comencé a considerar más acertado suponer que el amor entra por los ojos, y no por el estomago como mi abuela solía afirmar de una manera categórica, con un énfasis en sus palabras como sólo pueden inyectarlo a sus convicciones quienes realmente creen, a pie juntillas, lo que dicen. Y mi abuela solía decir tantas y tantas cosas que, al final, terminó por creerlas todas. Afirmaba, por ejemplo, que todo hombre que no era feo, resultaba ser, por consiguiente, un marica; por eso nunca le gusto la ciudad. <<Con tantos tipos tan acicalados, esto más bien parece ser una jaula de locas sin cerradura>> decía enfadada. El doctor Klaus, como la mayoría de quienes se dedican a la ciencia, no es muy agraciado físicamente. Más bien tendría que confesar de manera honesta que es realmente feo: tez apiñonada, rostro enjuto y nariz ancha. Mientras que yo represento a la perfección el tipo de mujer europea, el predilecto de los hombres, según creo entender: rubia, alta, delgada, nariz respingada y ojos color azul turquesa. Hace ocho años cumplí veinticuatro años de edad. A partir de los dieciocho comencé mi carrera de modelo, lo hubiera hecho mucho antes si mis padres no se hubieran opuesto sistemáticamente. Así que, para darles gusto, debí concluir primero con mis estudios de bachillerato y, una vez cumplida la mayoría de edad, dedicarme a lo que en verdad a mí me interesaba, es decir, el mundo de la moda y las pasarelas. Para la escuela nunca fui muy buena, debo confesarlo, más bien solía valerme de mis encantos para conseguir aprobar los cursos. Por azares de la vida, creo yo, el destino me trajo un día hasta este laboratorio, y la química, luego de haber sido una de las materias más aborrecidas en el colegio, se llegó a convertir, para mí, en una verdadera pasión, de una forma más bien inevitable. En un lapso de aproximadamente tres meses he memorizado, por completo, la tabla de los elementos químicos, incluido radio, número atómico y valencia. Si me lo preguntaran no sabría responder qué pasó para que esto aconteciera, supongo que algo muy importante debió suceder en mi vida para que se produjera este cambio de trescientos sesenta grados. Sin embargo, cuanto más empeño pongo en intentar descubrir qué fue lo qué pasó, aquel rio de mi niñez suele llenarlo todo y, a mi alrededor, los recuerdos son peces pequeños que flotan en el agua. Al poco tiempo de ingresar al mundo de la moda, muchas de las más prestigiosas marcas de ropa y accesorios me solicitaban como imagen para sus campañas; siempre había propuestas de trabajo en puerta. Había cosechado una imagen capaz de opacar a las mismas marcas que debía representar. El doctor Klaus siempre ha sido el primero en llegar al laboratorio, también el último en marcharse, ese fue sin duda el principal motivo por el cual yo he llegado a tomarle tanto cariño y, por supuesto, esos detalles que a una como mujer siempre le son indispensables: los piropos educados que, aun cuando provengan del más feo de los hombres sobre la faz de la tierra, una mujer siempre estar dispuesta a recibirlos, aunque finja no escucharlos y acelere el paso. Así que cuando el doctor se acerca a mí y me dice: <<Buenos días, linda>> Yo no finjo sordera ni aprieto el paso, sino que, por el contrario, lo miro fijamente hasta que el me hace un guiño, sonríe, y se retira a trabajar, aunque también es verdad que yo jamás le he confesado nada de lo que siento por él, como ese Pom pom frappe mon coeur que me hace experimentar cada vez que lo veo directamente a los ojos ¿Qué relación guarda la mirada con la aceleración del ritmo de nuestro corazón? Hoy he sentido ese distanciamiento del doctor Klaus. Ingresó observándome de reojo. No me saludo, antes bien, se acercó a la doctora Swann y le hizo un par de confidencias al oído, no pude distinguir nada de sus cuchicheos, sin embargo, observé como ambos lanzaban miradas furtivas hacía donde yo me encontraba. Quise mirar a otra parte, pero no podía separar mi vista de él. Su imagen se ha convertido para mí, en la imagen de un santo sobre su pedestal. Y él es tan feo que más que un santo, bien podría hacerse pasar por un demonio, un sátiro que enamora ninfas gracias a las hipnóticas notas musicales de su bisturí; una música del corazón haciendo pom pom y perturbándome sobremanera cada vez que lo veo aparecer sonriendo, diciéndome: <<Buenos días, preciosa, o muñeca, o linda. Para enseguida, dedicarme un guiño, el mismo que las primeras veces me pareció más bien producto de un tic nervioso, pero, al que, con el transcurso del tiempo me fui acostumbrando. Posteriormente lo he ido necesitando tanto, como el corazón necesita del sodio y el potasio para funcionar. ¿Acaso no sabe de las terribles consecuencias de combinar potasio con lágrimas y desdén? ¿Qué clase de laboratorista químico es usted, señor Klaus? Antes de las confidencias hechas a la doctora Swann, el doctor pasó junto a mí sin siquiera saludarme, entonces, yo sentí por primera vez en mi vida, esa extraña punzada en el centro de mi corazón. La doctora se alejó con una sonrisa sardónica sobre los labios, seguramente pensando en la extravagante personalidad del doctor Klaus. Yo la he visto burlarse de él, junto con otros más de sus colegas. Si bien todos admiran sus investigaciones, también es cierto que a sus espaldas todos se mofan de él por su aspecto y sus manías estrafalarias. Todo este día se ha mantenido distante de mí. No me dio los buenos días, y menos me guiño el ojo, mientras me decía <<linda>> Deseaba sinceramente mirar hacia otro lado, demostrarle que yo también era capaz de ignorarlo. Pero mi mirada gobierna sobre mi corazón. No puedo evadirlo, ni siquiera dejar de mirarlo. Él lo sabe, y sospecho que esa sea la razón de su intranquilidad. Incluso hace quince minutos, por primera vez vi como cortaba en dos el corazón de un conejo. Su pulso siempre tan preciso, vaciló esta vez, ¿o quizá, no? Tal vez a comenzado a ensayar una nueva modalidad quirúrgica ¿Qué trama, doctor Klaus? Ha transitado un par de ocasiones junto a mí sin tomarme en cuenta, como si de pronto me hubiera vuelto invisible para sus ojos. Cuando erró en la profundidad del corte, noté que me miraba de reojo. El conejo convulsiono un par de ocasiones, en seguida se quedó quieto al igual que la mano del docto Klaus sosteniendo el bisturí, del cual aún escurrían un par de gotas de sangre. Se limpió el sudor de la frente con la manga de su bata, y desapareció tras de la puerta que va a dar a un pequeño espacio destinado a las personas con ese absurdo hábito de fumar. Jamás lo había observado dirigirse a ese espacio tan ajeno a sus costumbres. Algo me dice que, de un momento a otro, habrá de acontecer lo inevitable. Ay, abuela, si vieras lo feo que es el doctor, pienso que ni a ti te gustaría, ni siquiera a ti que tanto decías amar a los hombres feos. Aunque a fin de cuentas todos sabíamos que mentías ¿Y si no porqué terminaste casada con aquel italiano que nada tenía que envidiar a “el David” de Miguel Ángel? Mi abuelo, sin embargo, no es ya, sino otro pez flotando en el agua como todos los demás recuerdos. No sé a qué se deba el hecho de insistir en observar la realidad de una manera liquida. A veces siento que todo el día lo pasara llorando y que mis lágrimas formaran una capa de agua sobre mis retinas. Al pensar en ello me digo que es tan absurdo como pretender ver a un suspiro integrarse con esa materia diminuta que nos rodea; ese vacío afilado que recorta cada objeto del mundo hasta configurarlo de unos límites precisos. La nada es la orilla de la vida. Puntos suspensivos que anuncian pero no revelan. Al volver a ingresar por la puerta que conduce hacia el área de fumadores, lo primero que hace es dirigirse hasta el cuerpo inerte del conejo con el corazón partido en dos. Tal como el de mi abuela, luego de que el abuelo regresara a Italia, ese país que lo envolvió dentro de sus fronteras, aunque no tanto como las piernas delgadas de Isabela, aquella hermosa modelo francesa de mirada profunda y ojos azules como el mar del mediterráneo. El doctor parece pensar en qué hacer con el cadáver del animal. Lo veo extraer un frasco de una de las gavetas ubicadas bajo su mesa de trabajo. Enseguida vierte formol dentro de éste, casi hasta llegar al borde, con un par de rápidos y precisos cortes, separó el corazón del resto de los órganos a los cuales se encontraba ligado por una serie de arterias. Lo observa, unos segundos, descansar sobre su mano. Finalmente decide depositarlo dentro del frasco con formol. Levanta la vista hacia el sitio donde yo me encuentro siguiendo cada uno de sus movimientos, Se enfila hacia mí. Intento desviar la mirada hacia cualquier otro lugar, para fingir que nada sé de sus actos, sin embargo, mis pobres esfuerzos resultan estériles. El agua donde flotan mis recuerdos me impide realizar cualquier clase de movimiento. Él se detiene justo a un costado de donde me encuentro. Levanta su brazo que sostiene el corazón partido en dos del conejo, flotando en formol. Al hacerlo, alcanzo a percibir el temblor en su mano, lo cual termina provocando que yo caiga al suelo. El ruido del cristal al estallar sobre el mosaico me crea la sensación de ser arrastrada por una ola que revienta contra la arena de una playa muy concurrida, los sonidos comienzan a multiplicarse alrededor, generando en mí, la impresión de recién estar despertando de un profundo sueño. Mis recuerdos de sentirse aprisionados dentro de un rio de lágrimas muertas. El pleamar finalmente ha conseguido transgredir los límites de mi realidad cristalizada. Con movimientos torpes, el doctor me sostiene entre sus manos. Durante unos segundos se mantiene observándome. Y enseguida añade: <<Discúlpame, linda, fue un accidente>> Y, de inmediato, me deposita dentro del mismo frasco ene l cuál flota el corazón dual del conejo. Mas ahora el recuerdo de esa palabra no la siento como otras más de esos peces que flotan en el agua. “Linda” es un recuerdo que se desliza por el aire. Un recuerdo pez que se va transformando en recuerdo-ave. El corazón cae hasta el fondo del frasco, al detener su caída lo escucho lamentarse: <<Pom pom frappe mon coeur/ pom pom chaque fois plus chaleur.
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