ADAGIO PARA UNA NOCHE TRISTE
(o para cuando sientas que ya no sientes nada)
Entendió que la ausencia de dolor era el síntoma más claro de su enfermedad. Entonces dio el primer paso fuera de casa. Él siempre lo supo, o mejor dicho, lo intuía, desde algún punto más allá de las células receptoras y la médula espinal. Una presencia le acompaña desde aquel día a su izquierda, siempre a la izquierda. Una presencia celosa de su puesto por antonomasia.
Toma la llave de la puerta entre sus dedos con la agitación exudando por anticipado, tal como sucedió hace 20 años en su décima fiesta de cumpleaños ¿Qué queda aún en esas calles aburridas? Piensa sin quitarse de encima ese mohín irónico que tanto le caracteriza. Lanza una mirada sobre la ciudad, y, sin darse cuenta, se pierde en la quietud del cielo.
Aún no llega la noche, sin embargo, puede escuchar ya el eco de sus pasos girando tras la esquina del penúltimo rayo de sol. Su pie tropieza con una pila de correspondencia atrasada, recargada contra la puerta. Al revisarla, encuentra entre otras cosas, los recibos de luz y agua de los últimos meses; una invitación para suscribirse a Reader’s Digest; la notificación para presentarse ante el ministerio público por segunda ocasión en el transcurso del último mes; una carta de dios; los tres últimos tomos de la enciclopedia del absurdo y, por último, una carta de amor sin remitente. Toma la correspondencia entre sus manos y se dirige a la cocina. Una vez ahí, saca una cacerola azul, es el trasto de mayor tamaño que puede encontrar, deposita éste sobre el mosaico; enseguida introduce la correspondencia. Sale en búsqueda de un encendedor o alguna caja de cerillos, siente que los necesita aunque no sabe para qué, no quiere saber para qué... ¿para qué?
Mientras escudriña el departamento, decide poner algo de música. Topa con un paquete de fósforos al fondo del cajón del buró, sin saber exactamente por qué, empieza a sentir una profunda satisfacción, casi una alegría si ésta se midiera por el ángulo que dibuja una sonrisa sobre la comisura de los labios.
Tonathiu sigue sus pasos detrás del sillón sin atreverse a emitir el menor sonido, receloso de servir nuevamente de blanco a los objetos voladores, lanzados con toda la intención de causar el mayor daño posible sobre su cuerpo, cada vez más seco y fatigado. Sólo el dolor funciona como medio de comunicación infalible. Trata inconscientemente de alargar el regreso a su destino, se detiene frente al ventanal de la sala, su mirada sobrevuela la ciudad como una caricia furtiva que se sabe culpable y, sin embargo, no se puede contener. Siente lástima de sí mismo. Enfoca su mirada hacia los primeros destellos de luz emergiendo como luciérnagas en medio del cielo, sobre la imagen retenida en la memoria de un día que sucedió hace mucho tiempo, bajo un cielo que nunca fue nuestro, ni lo es ahora, ni lo será jamás; porque, simple y sencillamente, ese cielo dibujado sobre nuestras cabezas pertenece a quienes miles de años atrás estuvieron aquí, antes que nosotros. Piensa en aquel primer ojo alzándose sobre sí mismo, buscando una respuesta tatuada en las alturas. Y entonces, el mohín regresa, y el dolor, y lo mismo, la casi felicidad. No sabe a ciencia cierta qué diablos ocurre a su alrededor, por qué precisamente ahora le surge esa sensación, qué caso tiene ya, cuando todo se ha dicho sin necesidad de entrecomillados, ni notas a pie de página. Piensa que las únicas palabras verdaderas son aquéllas que saben guardar silencio, que no ceden ni ante el suplicio del fuego, que calcina las plantas de sus pies; que son y no son más allá del aparente dilema, sabe que esta noche toda posibilidad ha quedado abierta de algún modo, se pinta la mitad del cuerpo con los rayos de la luna, hasta estremecerse en un lento escalofrío recorriéndolo de pies a cabeza. Las notas discretas le acarician los oídos, un suave descanso antes de la última batalla, impostergable.
Él lo sabe, siempre lo ha sabido, o mejor dicho, lo intuye. Su carácter desconfiado le ha entrenado en el difícil arte de anticipar el próximo movimiento del otro, se distrae con el silbido lastimero de las sirenas industriales, que anuncian la muerte de un soñador más; el doceavo en lo que va del año.
Se da cuenta de que ha dejado de importarle lo que pasa en el mundo, cuando siente que ya no siente nada. La indiferencia permea el ambiente, coloreándolo todo con una amplia gama de tonalidades grises: gris aceituna; gris muro; gris almuerzo al desnudo; gris cielo azul; gris etcétera, etcétera, etcétera...
Enciende un cerillo tras otro sin darse cuenta de la pérdida de la sonrisa, ese mohín irónico que tanto lo caracteriza. El ángulo dibujado sobre sus labios se pierde. La música suena al fondo, se entretiene al adivinar el nombre de la melodía. Es La heroica, de Bethoveen, se dice a sí mismo. No, no, no. Es La novena, se corrige de inmediato, pedazo de imbécil, quién puede confundir algo tan obvio, se recrimina. Camina hasta el reproductor de discos, toma la grabación de aquella Oda a la alegría, abre la caja hasta formar un ángulo de noventa grados, enciende un cerillo y, justo a la mitad del espacio formado por el estuche, intenta calcinarlo. Las llamas pronto comienzan a comprimir el plástico que, de inmediato, forma figuras grotescas de ideas absurdas; las únicas probables para una mente cansada de dar vueltas al filo de las tres de la madrugada. Por algún motivo vuelve a sentirse satisfecho, casi alegre.
Pronto, Mozart es arrojado a la hoguera, y después Vivaldi, y lo mismo Paganini, incluso Lutöslawski. Lentamente se va formando una gran hoguera de júbilo y lamentaciones. Las llamas danzan a la muerte en medio del jardín del parnaso. Mientras, todos ellos al unísono, interpretan La sinfonía fúnebre desde el fondo de las llamaradas que poco a poco los van consumiendo.
Él guarda el más absoluto silencio, sabe que jamás volverá a escuchar algo así. Una profunda emoción lo embarga. Le brotan las lágrimas, primero una, luego otra, y otra, otra, otra...
Ladra desconcertado, sin percatarse que ha interrumpido un momento mágico, para trocarlo en uno trágico. Tonathiu intuye la desgracia detrás de aquellos ojos enrojecidos. Intenta pasar desapercibido envolviéndose en su propio cuerpo, cada vez más seco y fatigado. El peso de una silla, lanzada con toda la intención de infligir el mayor daño posible, da contra aquel cuerpo envuelto en sí mismo. Emite unos chillidos lastimeros, incapaces de despertar la clemencia, y nuevamente el peso de la silla se estrella contra él.
Él no sabe si lo que le impide escapar, o al menos intentar hacerlo, sea la fatiga de su cuerpo seco; o la intuición de que cualquier movimiento resultaría en vano; o una melancólica necesidad de estar muerto. La silla se estrella una y otra vez, hasta que el agotado cuerpo deja de respirar. Los daños parecen mínimos, piensa él ante la inerte masa indiferente a la vida, lo sacude con la punta del pie, lo que más le sorprende es la ausencia de cualquier rastro de sangre. Piensa que eso es imposible. Aunque, si fuera suscriptor de Reader´s Digest, seguramente tendría una respuesta satisfactoria que le devolviera su mohín extraño que tanto lo caracteriza, ésa casi sonrisa. Recuerda en ese momento los tres volúmenes de la enciclopedia. Acaso ahí encuentre la respuesta, piensa, e inmediatamente se enfila hacía la cocina, hacia el lugar que intuye no debiera regresar.
Encuentra los libros depositados dentro de la gran cacerola azul, junto a los demás documentos, aún cubiertos por un delgado plástico transparente, el cual desprende de un par de tirones para revisar el índice del primer volumen, el que señala que abarca desde la letra K hasta la M, con su dedo índice recorre los temas de M:
Marcas misteriosas en los sembradíos de maíz ........................................94
Mensajes enviados desde el otro mundo ................................................96
Misterios del pan de muerto .................................................................104
Montañas habitadas por seres de luz .....................................................110
Muerte sin rastros de sangre ................................................................140
¡Eureka! Exclama emocionado, y comienza a leer:
A través de la historia de la humanidad, se han reportado algunos casos sorprendentes de muertes, en las cuales ha sido imposible detectar el menor rastro de sangre. Algunos científicos, quienes han dedicado la mayor parte de su vida a estudiar tales eventos, como el multilaureado físico-matemático Joseph Crown, han señalado que hasta el momento es imposible ofrecer cualquier explicación del fenómeno, aunque por otra parte, manifiestan una confianza plena en dar pronto con la raíz del enigma. Para más información, remítase a: Fundamentos esenciales de la Patafísica Jodorowskiana, página 76, tomo VI.
Decide prender fuego al volumen que va de la letra K a la M, luego al tomo IV, al XII, al IX, al II, y así sucesivamente, hasta reducir a un montón de cenizas la enciclopedia absurda. Nota que aún conserva las dos misivas, porque el citatorio del juzgado segundo de lo penal desapareció en un intermedio entre los tomos VII y VIII. Observa la carta de dios, usualmente nunca son buenas noticias, así que opta por la carta de amor sin remitente. El humo ha formado una neblina opaca que le dificulta la lectura; algo menciona de un amor dispuesto a perdurar toda una eternidad, la simple mención de esa palabra siempre le ha provocado un malestar físico, una molestia muy desagradable en la parte inferior del estómago, como si ahí el cuerpo adivinara la mentira disfrazada de absoluto. “Eternidad —se dice a sí mismo—, qué palabra más falsa y repugnante, cuánto daño ha causado esta palabra al hombre de todas las épocas, cuántas muertes podrían haberse evitado si no existiera tal expresión, cuánto tiempo malgastado en tratar de contener la corriente del río.
¡Ay, Heráclito, cuánto oído sordo!
Definitivamente, se niega a continuar leyendo algo tan horrendo como una promesa de amor por “toda una eternidad”. Toma el papel entre sus manos y comienza a desgarrarlo hasta verle reducido a un montón de pedazos asimétricos que, de inmediato, son arrojados entre los restos aún ardientes de la absurda enciclopedia. Los recibos atrasados del pago de luz y agua son pasados por alto, se resiste a ser estafado una vez más. Piensa que si Dios viste y alimenta a las aves del campo, por qué no habría de hacerlo con él ¿Acaso no es él una más de sus criaturas? Molesto, decide encender cada una de las lámparas del departamento, además de permitir correr al agua por cada una de las tomas. Y, no conforme con ello, abre las llaves de gas de la estufa, del horno y del calentador de agua. Sabe bien que aún le resta abrir la carta de Dios, tan bien como la falta de interés por su contenido. Es cierto que no deja de sentirse intrigado, cada vez que arriba una de sus cartas. ¿Y si le ordena lo mismo que a Job? Es verdad que no tiene hijos aún. Pero, si en tal caso, le ordena sacrificarse a sí mismo. No resulta una idea descabellada, es decir, ya su propio hijo pasó por esa prueba, el sólo pensar en ello le reseca la boca, opta por beber un vaso de agua; al momento de llevarlo hasta sus labios, éste cae de sus manos, estrellándose en el piso con un golpe seco que le viene a remover los recuerdos en su memoria. Intenta levantar los trozos de vidrio regados por el suelo de la cocina, al hacerlo, se le incrusta uno de ellos, causándole una herida de mediana consideración. La sangre huye de su cuerpo con una velocidad sorprendente que le genera una sensación de vértigo. Desearía no estar allí, atreverse a dar el primer paso fuera de casa, aunque sólo vistiera ese mohín irónico que tanto lo caracteriza, sólo a Él.
Piensa en la correspondencia que ha dejado de existir, la que le obstruyó el primer paso y lo obligó a dar marcha atrás para poder escuchar la Sinfonía fúnebre desde el fondo de las llamas, calentándole los huesos. Escucha las risas a su alrededor. Una voz diciéndole al oído: Levanta tu cruz y camina, recuerda que la vida no tiene edad, y que los años sólo son los pasos que da la muerte para llegar a casa. Recuerda entonces quién es Él en realidad. Se mira en el espejo, al hacerlo descubre la verdad: es la muerte y, además, es también su hogar. Observa su rostro multiplicarse a través del dolor por todo el mundo. La enfermedad se propaga como río de sangre cuando toma a Tonathiu entre sus brazos y éste no ladra. Y juntos salen de casa.