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日志


3月6日

VIAJE SIN FIN

 Es de noche y el camino te llama. Dice: ¡ven! Despliega entre sombras una promesa. Es una noche singular, tan oscura como cierta. Una bendición de luz derramada  entre acertijos. La noche te transforma en un vagabundo indecente que le frota con descaro los muslos a la libertad. Mientras el frío acaricia con manos afiladas al rostro erosionado de la madrugada. Nunca has pretendido cosas pequeñas, piensas que para eso existen los demás. No, tú. Tus metas son otras, otros tus objetivos, como restaurar el espíritu trasgresor de la forma y los contornos de los primeros visionarios, o la búsqueda constante y perpetua de un Demiurgo, Motor Inmóvil o el Absoluto; borrar la ceguera de tus ojos para permitir alzar la voz a tus fantasmas interiores, quienes murmuran secretos a tus oídos. Sin embargo, lo que verdaderamente deseas es llegar al otro lado del mundo, hacía el universo de lo simple y, además, sin dueño. Basta la maldita cosa que no sea el sencillo acto de tomarlo y descansar en él, como lo hicieron Plotino o Whitman, fundiéndose en uno con el Universo.

Llevar la totalidad de la Armonía Universal a una esquina en blanco para descansar en ella igual que sobre una almohada; recostarte a contemplar el mundo sin prisas, sin temores, sin nada. Pero siempre la noche termina y un nuevo amanecer lo ilumina todo.

 

Observas la gente a tu alrededor. La vida agitada de las terminales de autobuses. Entonces la historia es otra. El inicio de un combate de la humanidad contra sí misma, el Hombre que muestra sus colmillos afilados frente al espejo que no refleja nada. Sólo a él. Sólo a su soledad. Solo.

 

La mirada es inyectada por sangre muerta, coagulada; lo que te salva en ese momento es la nube entre los ojos. Es cierto que nada puedes ver aunque sientes el acero, frío y afilado, pendiendo sobre tu cabeza. Circula el espíritu como una tuerca que siempre vuelve sobre su centro infinito. Una barca que jamás podrá abandonar la tierra. La idea repetitiva que te acompaña cada noche, la misma idea una, y otra, y otra, y otra vez. Llegando; iluminándose; elevándose; reduciéndose; llorando; silbando; guardando silencio; estallando de risa; fumando; haciendo el amor; llamándote; quemándose; encegueciéndose; triturando; buscando; matando; cuidándose; amando; deseándote como a sí misma; viajando. Escapando al amanecer. 

Un viaje que siempre lleva al no-lugar, que se ilumina mientras crece sólo para morir en medio de un llanto que de tanto silbar cae, irremediablemente, en el silencio, o estalla de risa después de fumar y hacer el amor. Sabes bien cuando te llama y tú la ignoras, ella se quema o se queda ciega, se destruye en el amor, se busca cuando te mata, se cuida cuando te ama, te desea con la misma necesidad que a sí misma, y cuando te encuentra (siempre termina encontrándote), escapa. Se pierde en el viaje que trascurre entre dos amaneceres. Así son los viajes entre dos  amaneceres. Nunca iguales. Indefinidos. Ciegos.

 

 

Eres el tipo al que siempre, por ve tú a saber que motivo, bajan del autobús en los retenes. ¡Una identificación! ¿De donde viene? ¿Hacía dónde va? ¿Ocupación? Acompáñeme para una revisión, frases masculladas entre los dientes “Pinches hippies mariguanos”, “donde te tuerza con yerba te carga toditita la chingada, cabrón”. No puedes decir nada, ni pretendes, siempre es lo mismo, para qué entrar en polémica, para qué darles el motivo suficiente aunque nunca necesario de romperte la madre, como la primera vez que “te pusiste al brinco” y te dieron tu calentaditaparaqueaprendaanoponersealpedoconlaautoridad, guey.

A tu regreso fuiste envuelto por miradas de falsa simpatía, ese disfraz favorito del recelo. Te hundes en el primer sopor que alcanzas para volver a tu guarida. Observas los extensos espacios al costado de la carretera. Piensas si allí no te molestaría nadie. Silencios que recortan siluetas fantásticas entre el movimiento que sujeta y al mismo tiempo libera, el mismo que te proyecta hacía lo desconocido. Afuera, el cielo se ensancha de una manera sorprendente. Un cielo que no es sólo telón de fondo a la belleza ilusoria de los rascacielos, sino primer plano de los sueños más antiguos. Una evocación del primer hombre que pensó en cómo llegar a ese lugar donde deben habitar los dioses.

Los kilómetros se consumen bajo los neumáticos del autobús. Las ruedas son la representación del tiempo y el espacio. Y, para ti, además, de la libertad, tu única posibilidad de un par de alas con las cuales poder surcar el cielo del uno al otro costado.

 

El fantasma de una mujer, junto a ti, parece proferir palabras. Imposible comprender sus sonidos, sus ideas tan sólidas como piedras. El fantasma enroscado a tu cuello dibuja una serpiente. Te adentras en su mirada. Nada. Está tan hueco ahí dentro. “Te amo”, mastica su frase favorita que no significa sino “eres lo que necesito para llenar mi ausencia”, esa ausencia femenina que tantas veces te ha puesto barro sobre los pies, un peso inoportuno capaz de complicar el vuelo; la llama encendida veinticuatro horas al día que no te deja observar la mirada del cielo por la noche. Pero, sobre todo, esa lengua con que inyecta su veneno sobre ti, hasta hacerte desvariar entre el jugo de sus piernas. El fantasma es la llave que no abre puerta alguna, el retraso a todas partes; el posponer los asuntos importantes para otro día mientras subes las sábanas por encima de la cabeza. Sin embargo, también piensas en la posibilidad de algún otro fantasma con menos vacío por llenar, que pueda correr con pie descalzo entre las espinas de los zarzales sólo para pasar el rato e incomodar a dios. Un fantasma de la Edad Media, un fantasma gótico succionando a conciencia la glándula pineal, esa vampiresa que sepa hacerte soñar entre su sexo como princesa de cuento de hadas, o que posea el filtro del amor como Isolda, la niña triste enamorada del amor. Un pecado en carne y hueso que te haga transgredir toda norma necesaria para vivir en la gracia del señor. Olvidar el no desear a la mujer del prójimo para poseerla a todas horas, en todas partes, de todas formas. Hundirse en la cama para olvidar el mundo. Hundirte en ella para olvidarte de ti mismo. Conversar con ella como con una hija  a quién se le narra el mundo; para doblar las campanas una vez más sin tener necesidad de muertos. En fin, para poder conciliar el sueño sobre sus senos.

 

Transitar siempre parajes nuevos, un ir siempre más allá sin pensar en el regreso. Una vez partiendo mejor sería borrar las huellas del camino que hasta ahí te han conducido. Comenzar desde un principio accidental. Dejar correr la vida, ignorando los rumbos donde habrá de caminar como nave sin timón, poblada de piratas y náufragos de las ciudades de concreto, tránsfugas de la realidad envuelta en celofán. El retorno de la calzada de los muertos. Un cielo rojo. La tierra desnuda bajo tu pie. Alcohol hirviendo a 120 km/hr. Madrugadas de café y cigarro. Espacio virginal, sagrado y místico, dónde plantar tus sueños sin verles florecer, sin olvidar la canción de los silencios, la que te muestra tus propios temores encendidos por las brasas de la negativa de dejar de ser. 

 

Cuando recién tocaste el desierto no sabías lo que iba a suceder en la tierra de los muertos. Tu instinto fue quién te guió. Comprendiste que, por alguna razón, ésta tierra árida te recibía. Descubriste que un viaje al desierto es en realidad un viaje al centro de ti mismo. La síntesis de un día perfecto. El espíritu del desierto posesionándose de ti desde lo más profundo, cantando la canción de tu infancia, dibujándote la taquicardia de tus pesadillas casi con ternura, hasta sentir encima la lluvia que cae del sol a mediodía. Emprendiste un viaje a tu costado más desconocido, a la tierra inexplorada donde se han guardado tus miedos más añejos.

 

El momento más terrible de estar vivo fue, sentír la existencia en la primera gota de sangre que supiste que era tuya, porque te dolía, porque en su recorrido dejó la estela, grabada sobre tu memoria, de un jardín hermoso al que jamás volverías a ver una vez más. Después de sentir como la carne de tu cuerpo es arrancada a pedazos por los picos de un montón de aves carroñeras. Sentír todo ese dolor de estar vivo y no poder compartirlo con nadie, porque estás solo, porque siempre fue así, lo es ahora y lo seguirá siendo hasta el día de tu muerte. Estás solo en medio del desierto cuando estas vivo. Y, estás vivo, sólo cuando estás solo en medio del desierto.    

 

El desierto es compartir con el mundo tu sentir más vivo, tu deseo de morir a ratos, un cómodo dormir embriagador de sueño por días, días y noches, sin confesar a nadie que estas muriendo; sin mostrar los dientes a la luna. Cansado, pero tan cansado de esperar lo que no llega. Cuando te alcanzó la primera noche de tu desierto, ya venías de muy lejos, sabías que nadie te esperaba. Volver con sólo dar media vuelta, dejar para otra vida las respuestas. Volver a recostarte entre la cama a masticar los sueños como a golosinas. No querer morir lejos de este mundo que, aunque no lo comprendes, es el único que conoces. Ahora ya sabes que no, que los amaneceres aparecen cada circulo de veinticuatro horas, y retoñan como gotas de rocío entre los jardines transparentes de los sueños. Mientras que el viaje... ése nunca se acaba.

评论 (1)

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...carmen发表:
Todos tenemos nuestro propio desierto, nuestras propias respuestas, nuestro propio viaje eterno... aunque pisar la alfombra del paraje de uno mismo es más difícil que escalar montañas, es más solitario que la aparente soledad, y supera esa primera gota de sangre, ese primer dolor.... pero es el único válido para algunos de nosotros...
Quizás es de las pocas cosas eternas que existen... eternas en cuanto a lo reducido de nuestra vida, pero que es nuestro concepto de la mayor eternidad... la vida es tan larga y tan corta, tan cíclica y tan imprevisible...
En cuanto a los fantasmas, amigo Val... lo sabes, proliferan tras la osadía de vivir, de no dejar de ser.... pero no son eternos, sólo son latidos que se nos cayeron del bolsillo ahí o allá.... y mira, casi sirven de baipás intelectual, porque si no quizás no valdría la pena recordarlos...

Siempre en Suburbia, siempre en noches rojas y amaneceres áridos... pero el fruto no siempre tiene color rojo.... de tus manos saboreo tus letras, engalanadas de azul y blanco, como si hicieras un pacto uraño con las nubes....
Desde otra duna, con mis propias hormigas de arena, con mi propio cielo rojo... un beso y paz para tí.
3 月 8 日

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